待てど暮らせど 来ぬ人を
宵待草の やるせなさ
今宵は月も 出ぬさうな
De esperar y esperar al que no viene
La onagra vespertina no halla consuelo
Y esta noche la luna tampoco sale
De esperar y esperar
se aja la siempreviva
Y esta noche sin luna
En el margen del río Yodo, que corre del Lago Biwa al puerto de Osaka, grabo unos trazos cambiantes. "Esto es lo malo de no hacer imprimir las obras: que se va la vida en rehacerlas", escribió Reyes. Esto es lo bueno de la vida: que corre. Como lo que aquí se publica no se imprime, se rehace.
VOY A KIOTO Y ME PIERDO EN EL MERCADOEl poema alude a una historia china. La policía había capturado a un ladrón que intentaba robar una gran pieza de brocado en un mercado atestado, y cuando le preguntaron por qué lo había hecho respondiò: “No vi la gente, vi solo el brocado.” “La joya en el vestido”: es, en los sutras, la naturaleza del Buda.
Me gusta leer libros: soy de esos,
cien autores me esperan todo el tiempo.
Corté mis otros lazos con el siglo
pero este no puedo interrumpirlo.
Siempre con la esperanza de un hallazgo
voy a Kioto y me pierdo en el mercado.
Igual que aquel ladrón ante el tejido,
ya no advierto ni el polvo ni el gentío.
Por las nueve avenidas que palpitan
mi espíritu se aclara, agua tranquila,
y vislumbro tesoros donde miro
—no todo es la joya en el vestido.
Gensei (1623–1668)

東京中のハエ全滅を(1925年8月)
真夏の一日、東京市民がハエを追いかけ回した。1925(大正14)年8月15日、市が音頭をとった「ハエ捕りデー」。紙面には「東京中のハエ全滅の意気で後ろ鉢巻の全市民飛行機も飛び出す騒ぎで」という見出しがついた。
43万の世帯に駆除薬を無料で配り、約2メートル四方のハエを一瞬で焼き殺すという「新兵器の火炎噴霧器」なども用意した。「各町では大太鼓をたたいて『ハエ退治』と触れ回った」。本所区(現墨田区)では商品目当ての子供が前夜からハエを捕まえて早朝から区役所へ押しかけた。
この1日で何匹のハエが捕れたのかはわからないが、直前に西神田署管内であった「ハエ捕り週間」では56万匹を退治したというから、全市では相当な数になるだろう。
(朝日新聞4月3日金曜日朝刊)
EXTERMINAR TODAS LAS MOSCAS DE TOKIO
En el abril de1925, el gobierno de Tokio organizó el "Día de la caza de moscas”.
El gobierno metropolitano repartió gratuitamente insecticida a la población. Además, pequeños lanzallamas, capaces de matar moscas en dos metros a la redonda.
Se desconoce la cantidad total de moscas cazadas. Pero hay datos de que en “la semana de la caza de las moscas” en Kanda, se cazaron más de 560.000. Es de suponer que el número fue considerable.(Asahi Shinbun, 3 de abril de 2009)
蝿のいる國だからこそ一茶の句 — 久夫Eso parece… pero es posible que aquí la palabra kuni no se refiera a Japón sino a Shinano, tierra de Issa y frecuente objeto de escarnio, como el Lepe de España. El poema, entonces, no sería vindicativo, sino todo lo contrario.
hae no iru kuni dakara koso issa no ku
País de moscas
—y de versos de Issa,
en consecuencia.
Hace poco más de cinco años empecé a trabajar en una traducción de Hyakunin Isshu, la antología que preparó en del siglo XIII el poeta y crítico Fujiwara no Teika, sin duda el hombre de letras más influyente en la historia de la literatura japonesa (a él se deben en parte la posteridad, este año milenaria, del Genji monogatari y la definición de conceptos como wabi y sabi, hoy en boga occidental). Abandoné la empresa cuando supe que otra traducción española (no la primera) estaba comprometida en la misma editorial a la que pensaba proponer la mía. Pero así me sumergí en la poesía clásica de Japón. Nunca había visto, sin embargo, el juego que popularizó esa antología. Porque, aunque es probable que Teika la haya integrado para decorar las puertas corredizas de su villa en Ogura, los Cien poemas de cien poetas, que todos los japoneses conocen al menos en parte y muchos de memoria, deben su popularidad sobre todo a las uta karuta (cartas de poemas) con que se juega tradicionalmente en Año Nuevo. Dos jugadores, sentados uno frente al otro y divididos por un centenar de cartas dispuestas en el suelo, atienden al lector que va recitando los primeros tres versos de cada uno de los poemas cuya segunda mitad está escrita en las cartas, y se apresuran a capturar las correspondientes. Gana naturalmente quien completa el mayor número de poemas. Pero quién sea el ganador no parece tener mayor importancia para la ceremonia, según me pareció cuando por fin pude verla, el tres de enero pasado, en el santuario de Yasaka en Kioto, entre una multitud en la que muchos, cerrando los ojos al esplendor de los trajes de la época Heian que vestían los contendientes (mujeres en un grupo, niños y niñas en el otro), ponían a prueba su memoria y musitaban los versos que iba leyendo la maestra de ceremonias. Algunas de las fotografías que tomé ese día pueden verse aquí.
Elsie Stevens le contó a Harold Bloom que todos los días, al volver a casa tras la larga jornada en Hartford Accident and Indemnity, la compañía de seguros de la que era vicepresidente, su padre se dirigía al estudio y, antes del par de martinis y las páginas de poesía francesa, se aplicaba en la composición de “a Japanese flower arrangement” (Bloom dixit). Este poema se refiere a uno de esos arreglos. Pero al releerlo, hace poco, lo que me vino a la mente de inmediato no fueron imágenes de ikebana (no soy devoto del ikebana) sino de los hermosos arreglos que prepara y luego fotografía espléndidamente mi amiga Anna, que es italiana y nunca ha estado en Japón (aunque su nombre en Flickr juega con el japonés: hanna.bi, que cabría traducir como “flor.de fuego”). Fue, sin duda, sobre todo esa frase que se encabalga del segundo al tercer verso: “The light in the room more like a snowy air”, lo que provocó la desviación, pues describe perfectamente los tonos emocionales de sus fotografías.
Es notable que, para titular la más reciente de sus fotos (la he puesto en esta página, aunque no regale claveles sino tulipanes), Anna haya citado parcialmente el verso final de la segunda estrofa: “white and snowy scents”. En la poesía clásica japonesa, del Man’yoshu (siglo VIII) al Shinkokinshû (s. XIII), la palabra nioi (aroma, fragancia) no se refiere habitualmente a percepciones olfativas sino visuales o aun sonoras. Por ejemplo, en Fujiwara no Teika:
白雲の春はかさねて立田山小倉の峰に花にほふらし
shirakumo no haru wa kasanete tatsutayama ogura no mine ni hana niourashi
La primavera
cubre el monte Tatsuta
de nubes blancas:
en la cumbre de Ogura
flor fragante se mira.
(Me ocupo de estos versos en Luna en la hierba.) Bloom, que se ha pasado la vida comentando el poema de Stevens, no repara en ello. Tampoco en que el verso “The imperfect is our paradise” corresponde a la noción de wabi, central en la cerámica japonesa, en el arreglo floral y en otras cosas que vendrían a cuento.
Supongo que habrá otras traducciones españolas del poema, pero como no las tengo a mano aventuro la mía. Al curioso que quiera leer el original inglés le bastará poner el título, “The Poems of Our Climate”, en Google.
LOS POEMAS DE NUESTRO CLIMA
I
Agua límpida en un tazón brillante,
claveles rosas, blancos. En el cuarto
una luz que es más bien aire nevado,
con reflejos de nieve. Nieve recién caída
al final del invierno, cuando vuelven las tardes.
Claveles rosas, blancos — desearíamos
más, mucho más que eso. Aun el día
se ha simplificado: un tazón blanco
de fría porcelana, frío, bajo, redondo,
con nada más que esos claveles.
II
Y aun si esta cabal simplicidad
nos liberó de todo tormento, ocultó
el yo malvadamente compuesto, el yo vital,
y lo hizo fresco en un mundo de blanco,
un mundo de agua clara con brillantes orillas,
más que eso quisiéramos, más necesitaríamos,
más que un mundo de blancas y nevadas fragancias.
III
Aún persistiría la mente sin sosiego,
de modo que quisiéramos escapar, y volver
a lo que ha estado compuesto hace ya tanto.
Lo imperfecto es nuestro paraíso.
Adviértase: el deleite, en la amargura,
cuando es tan intenso lo imperfecto en nosotros,
son palabras erradas y sonidos porfiados.
En Japón, a Borges le pareció admirable que la gente entrara a los templos riendo y bromeando; que la experiencia de lo sagrado no estuviera reñida con el buen humor. Lo hemos visto no sé cuántas veces. Tras el momento de recogimiento ritual, que suele durar pocos segundos, la gente vuelve naturalmente “a engolfarse en la vida” (Gabriel Zaid).
Tres jóvenes cruzan el Bosque de la Verdad (Tadasu no mori), en el norte de Kioto, después de participar en una de las ceremonias solemnes que rigen el transcurso del Aoi Matsuri, un festival que se celebra desde de la época Heian. Al fondo se ve una de las puertas del Santuario de Shimogamo, que precede a la ciudad, pues data del siglo VI. Se dirigen al Santuario de Kamigamo, estación final de las festividades. Viéndolos, alegres y ligeros por la senda de siglos, no recordé las palabras de Borges, sino el poema de Ungaretti:
Senza più peso
Per un Iddio che rida come un bimbo,
Tanti gridi di passeri,
Tante danze nei rami,
Un'anima si fa senza più peso,
I prati hanno una tale tenerezza,
Tale pudore negli occhi rivive,
Le mani come foglie
S'incantano nell'aria...
Chi teme più, chi giudica?
En la traducción de Tomás Segovia:
Sin más peso
Por un dios que se ría como un niño
tanto grito de pájaro,
tanta danza en las ramas,
un alma queda sin más peso,
los prados tienen una tal ternura,
un tal pudor en los ojos revive,
las manos como hojas
se encantan en el aire…
¿Quién teme ya, quién juzga?
Así, como cruzan los jóvenes el bosque, con un dios que se ríe como un niño —y que más parece una deidad del shinto que otra cosa—, salimos de este año fabuloso. Que haya sido tan bueno para ustedes.
Uno de los poemas que más me gustan del Man’yoshu (libro 17, 3896):
家にてもたゆたふ命波の上に浮きてし居れば奥か知らずも
ie nite mo tayotau inochi nami no ue ni ukiteshi oreba okuka shirazu
Aun en casa
vivimos vacilando;
sobre las olas,
en flotante morada,
quién sabe a dónde vamos...
Lo escribió un cortesano de Ôtomo no Yakamochi en noviembre de 730, cuando el Gobernador General de Kyûshû fue llamado a Kioto como Gran Consejero. Se refiere al temor ante la navegación inminente, pero me parece que expresa también una incertidumbre ancestral del alma japonesa, habitante de una isla inestable, azotada por las tifones, agitada por los temblores, temerosa de los volcanes.
En ese sentimiento puede encontrarse el origen de la visión japonesa de la naturaleza, y de muchas otras cosas en las que no voy a entretenerme hoy, porque lo que quiero es presumir la postal que recibimos de Brian Nissen, quién sabe si desde Nueva York o México o Barcelona, pues entre esos tres lugares se mueve, sin temor a la incertidumbre ni al viaje y dichoso de la vida mudable, como se ve.
Durante el fude kuyô (筆供養, “funeral de los pinceles”), que se realiza en fechas próximas al cambio del año en diversos templos y santuarios de Japón, los calígrafos y hombre de letras agradecen su servicio y sus dones a los instrumentos de escritura entregándolos al fuego, de mano de los oficiantes y en la solemnidad de los cantos rituales. Dicen que quienes son tocados por el humo mejorarán su escritura. No necesito confesar que el viento no estuvo a mi favor.
La ceremonia se celebra en fecha variable. En el Nikaido (二階堂) de Kamakura, dedicado al poeta, letrado y político de la época Heian Sugawara no Michizane (794-1185/92), el 25 de enero. En el Shogaku-an (正覚庵), subtemplo del Tofukuji, vasto complejo zen de Kioto donde tomé la foto que aparece en esta página, el 23 de noviembre de 2007.
Ninguna entre todas las versiones que he intentado del Hyakunin Isshu me ha dejado tan satisfecho como la de este poema de Minamoto no Shigeyuki; no por su siempre discutible fidelidad sino por el poema resultante:
風をいたみ 岩うつ波の おのれのみ くだけて物を 思ふころかな
kaze wo itami iwa utsu nami no onore nomi kudakete mono wo omou koro kana
Como las olas
que furioso echa el viento
contra las rocas:
así estoy yo, deshecho,
entre mis pensamientos.
Casi todos los comentaristas coinciden en señalar como centro del poema la imagen de la amada inconmovible y dura como una roca, contra la que se estrella la pasión que arrebata al enamorado, pero en mi traslado la atención se enfoca en el agua, imagen de esa pasión. Lo mismo ocurre en el grabado de Ichiyusai Kuniyoshi (Edo, 1797—Tokio, 1861), pero en su visión el desplazamiento es aun mayor y acaba por invertir la lectura normal del poema pues las olas, símbolo de la pasión del hombre, cobran en ella forma de mujer. Kuniyoshi, con la libertad con que durante siglos han interpretado los artistas japoneses a sus clásicos, recreándolos para crear obras autónomas, pinta no lo que el poema dice sino lo que acaso todo amante, y entre ellos el que habla en el poema, siente con claridad al pensar en la amada: mi pasión tiene esta forma.
Thomas, viendo esta foto, recordó un haiku de Kikaku:
我がものと思えば軽し傘の雪
waga mono to omoeba karushi kasa no yuki
que podría traducirse así:
Pienso que es mía
y es más leve: la nieve
de mi sombrilla.
Hay varias versiones. En una, en lugar de karushi (ligera) se lee yoroshi (buena); en otra, las dos sílabas de kasa se leen no como "sombrilla" sino como "sombrero de paja" —y esta debe ser la primera, si es cierto que el poema está inspirado en una estampa en que el poeta chino Su Tung Po aparece con el sombrero cargado de nieve. Pero el sentido es el mismo. En la época de Edo se decía que las cosas que uno deseaba eran "nieve en la sombrilla".
Takarai Kikaku (1661-1707) fue discípulo y editor de Basho pero sus relaciones con el maestro fueron de mal en peor y acabaron en nada. Su nombre no aparece en Oku no hosomichi, esas Sendas de Oku en cuyas páginas Basho recuerda a otros compañeros, como si se despidiera de ellos. Tal vez es que eran personalidades muy distintas. A Kikaku le gustaban los juegos de palabras y los placeres mundanos.