暮れやらぬ庭の光は雪にして奥暗くなる埋み火のもと
花園院
Casi anochece.
En el jardín la luz
es de la nieve.
Adentro las tinieblas
a las brasas envuelven.
En el margen del río Yodo, que corre del Lago Biwa al puerto de Osaka, grabo unos trazos cambiantes. "Esto es lo malo de no hacer imprimir las obras: que se va la vida en rehacerlas", escribió Reyes. Esto es lo bueno de la vida: que corre. Como lo que aquí se publica no se imprime, se rehace.
Nueva edición del Hôjôki en la versión española de Masateru Ito que ya hemos comentado aquí hace tiempo. En Emecé, con un prólogo de María Kodama que no añade mayor cosa a lo dicho por el traductor en la introducción y se demora en cambio en una consideración equívoca del Chiteiki (que no es una "obra china en prosa" sino en todo caso una "obra en prosa china" y, si bien es tenida en general como modelo e inspiración del Hôjôki, es innecesario descartar como el original que Kamo no Chômei habría traducido, pues nadie lo ha tomado por tal) pero que acaso ayude a vender el libro. Ojalá que la próxima edición pueda ser bilingüe.
Miro el peine y el agua, y lo que va cayendo.
Lejos mis años y el que fui, ya no me tengo.
No me digas que pierdo cada día el cabello:
mejor ve cómo crecen las barbas de mis nietos.
Shimada no Tadaomi (829 – 891)
* * *
Kanshi. De la versión inglesa de Burton Watson en Japanese Literature in Chinese, Columbia University Press, 1975.
Rudyard Kipling se asombraba, en las crónicas periodísticas que escribió en Japón quince años después de que el país se abriera a Occidente, de la afición japonesa por la fotografía. En el caso del empresario Shinzo Fukuhara (1883-1948), que tras hacer estudios de farmacia en Estados Unidos y de pintura en Europa se dedicó a la industria de los cosméticos (fue el segundo presidente de Shiseido, compañía fundada por su padre, y quien trazó sus rasgos definitivos) se trato de una verdadera pasión. Poeta también, Fukuhara es autor de estos versos:
Corre descalzo por el campo
Sacude las ramas de un árbol
Salta sobre una zanja
Grita
Aúlla
Tira el pincel
Saca la cámara
Gira los lentes
Toma una foto y otra y otra
Forman parte de uno de los muchos escritos sobre fotografía que publicó para emprender, al mismo tiempo que otros lo hacían en Occidente, una crítica decidida del pictorialismo fotográfico. Un pintor, decía Shinzo Fukuhara, atiende a la línea, la forma, la composición; un fotógrafo es ante todo sensible a “los tonos de la luz y la sombra”. Era una crítica marcada por la sensibilidad japonesa y que desligaba la fotografía de la pintura para acercarla a la poesía. En un ensayo escrito, como los versos anteriores, en 1926, Fukuhara escribió:
Tomar una fotografía es como componer un haiku, sólo que con una cámara. No es más complicado que disparar el obturador cuando llega el momento, y se puede tomar la foto en una décima de segundo. Cuando el momento llega es como si el corazón se hubiera fundido con la naturaleza y vuelto uno con ella... Los límites artísticos de la fotografía no son, me parece, distintos de los de la poesía.
Las fotos de Shinzo Fukuhara no hacen pensar, en efecto, en la agitación de los versos arriba citados sino en la iluminación serena de un haiku. Para no infringir los derechos de autor, remito al lector a la Colección de fotografías de Shinzo Fukuhara y Roso Fukuhara que hay en el sitio web de Shiseido. Me gusta pensar que la que ilustra esta invitación, y que tomé en Motohakone una tarde de mayo de 2002 (no tan tarde como hace pensar la niebla que llegaba) les debe algo a las de los dos hermanos.
(Nota escrita y publicada —no recuerdo dónde— en 1997 “para saludar los 95 años de Manuel Álvarez Bravo”.)
La lista de Translations of Classical Japanese Works publicada por la Universidad de Meiji Gakuin registra diecisiete traducciones del Hôjôki (siete al inglés, tres al alemán, dos al francés, una al español, checo, esperanto y japonés moderno) y olvida por lo menos dos. A lo largo de los años he leído seis versiones inglesas y dos francesas de esa crónica de calamidades redactada por Kamo no Chômei en 1212, aparte de la recreación en verso de Basil Bunting (y su traducción por Aurelio Major). Con todas ellas y el casi mudo original delante, inicié a fines de 1997 una versión española que decidí felizmente abandonar cuando apareció la de Jesús Carlos Álvarez Crespo en la editorial Hiperión. Entre mis borradores había uno que intentaba los alejandrinos:
Fluye incesante el río, nunca es la misma el agua,
la espuma en el remanso se disuelve y se forma
cada instante. Y así los hombres y sus casas.
Lo cual traduce con bastante fidelidad el primer apartado del libro pero, aunque sigue casi linealmente sus palabras, les da una forma del todo ajena al original. Al anotar esas líneas espontáneas, me vinieron a la mente las iniciales de East Coker: "In my beginning is my end. In succession/ Houses rise and fall..." Y se me hizo de inmediato evidente que el traductor idóneo del clásico japonés a nuestra lengua sería José Emilio Pacheco, autor de una versión maestra de los Four Quartets y cuya propia poesía es tan afín a la del Hôjôki, una meditación sobre el carácter efímero de los hombres y sus obras que influyó en Matsuo Bashô, al que ha traducido Pacheco.
La prosa del eremita es una crónica en la que los acontecimientos fundamentales son el incendio de 1177, poco después de la muerte de su padre; el vendaval de 1180; el traslado de la capital a Fukuhara, el mismo año; la hambruna de los dos años siguientes; el gran terremoto de 1185. El título no alude a esos eventos; Hôjôki quiere decir "Relato desde una choza", y la meditación de Kamo no Choomei tiene el espacio de nueve metros cuadrados de esa choza como último centro. Casi al final del libro leemos:
No apegarse a las cosas, fue la lección de Buda.
Pero adoro esta choza. Es pecado. Deseo
paz y serenidad: esa es mi atadura.
¿Qué nos lleva en esa prosa a los versos? Según Bunting, Chômei "se propuso un poema más o menos elegiaco pero no tuvo el tiempo ni quizá, a sus años, la energía para inventar lo que en Japón hubiera sido una forma completamente nueva, ni para condensar adecuadamente su material"... como haría por suerte Bunting pasado el tiempo, para mayor gloria de Occidente. Pedanterías aparte, es significativo que, como señala Donald Keene, el Hôjôki no mencione la lucha devastadora entre los clanes Taira y Minamoto, el gran hecho político de su época. Antes que las catástrofes históricas de que da cuenta el relato, importa la experiencia personal del autor: su experiencia del tiempo, que es hondamente rítmica. Los párrafos del Hôjôki giran como estrofas y la visión de la vanidad del mundo vuelve como un ritornelo entre las catástrofes.
Algunos especialistas arguyen, para escándalo de los más tradicionales, que el apego de Chômei a las enseñanzas de Buda es poco o es irónico, y discuten si ello es signo de mayor o menor pesimismo. Con excepción de Bunting, que leyó el texto en italiano, todos coinciden en que se trata de una pieza maestra de la prosa japonesa. Me atrevo a suponer que el valor principal de esa prosa está justamente en unas propiedades rítmicas que la lengua original puede lograr en prosa pero que en los versos imaginados por Bunting hubiera resultado cacofónico. Nuestras lenguas reservan esas magias para el verso.
El traductor de la versión más reciente del Hôjôki a nuestra lengua es un hispanista japonés, graduado de la Universidad de Estudios Extranjeros de Osaka, y diplomático de carrera: Masateru Ito, que fue embajador en Venezuela y a quien se debe la versión japonesa de las Cartas de Relación de Hernán Cortés. Su notable versión, “interpretando la intención esencialmente poética del autor”, fluye en verso libre:
La corriente del río
jamás se detiene,
el agua fluye
y nunca permanece
la misma.
Las burbujas que flotan
en el remanso
son ilusorias:
se desvanecen, se rehacen
y no duran largo rato.
Así son los hombres
y sus moradas
en este mundo.
Ninguna entre todas las versiones que he intentado del Hyakunin Isshu me ha dejado tan satisfecho como la de este poema de Minamoto no Shigeyuki; no por su siempre discutible fidelidad sino por el poema resultante:
風をいたみ 岩うつ波の おのれのみ くだけて物を 思ふころかな
kaze wo itami iwa utsu nami no onore nomi kudakete mono wo omou koro kana
Como las olas
que furioso echa el viento
contra las rocas:
así estoy yo, deshecho,
entre mis pensamientos.
Casi todos los comentaristas coinciden en señalar como centro del poema la imagen de la amada inconmovible y dura como una roca, contra la que se estrella la pasión que arrebata al enamorado, pero en mi traslado la atención se enfoca en el agua, imagen de esa pasión. Lo mismo ocurre en el grabado de Ichiyusai Kuniyoshi (Edo, 1797—Tokio, 1861), pero en su visión el desplazamiento es aun mayor y acaba por invertir la lectura normal del poema pues las olas, símbolo de la pasión del hombre, cobran en ella forma de mujer. Kuniyoshi, con la libertad con que durante siglos han interpretado los artistas japoneses a sus clásicos, recreándolos para crear obras autónomas, pinta no lo que el poema dice sino lo que acaso todo amante, y entre ellos el que habla en el poema, siente con claridad al pensar en la amada: mi pasión tiene esta forma.
Thomas, viendo esta foto, recordó un haiku de Kikaku:
我がものと思えば軽し傘の雪
waga mono to omoeba karushi kasa no yuki
que podría traducirse así:
Pienso que es mía
y es más leve: la nieve
de mi sombrilla.
Hay varias versiones. En una, en lugar de karushi (ligera) se lee yoroshi (buena); en otra, las dos sílabas de kasa se leen no como "sombrilla" sino como "sombrero de paja" —y esta debe ser la primera, si es cierto que el poema está inspirado en una estampa en que el poeta chino Su Tung Po aparece con el sombrero cargado de nieve. Pero el sentido es el mismo. En la época de Edo se decía que las cosas que uno deseaba eran "nieve en la sombrilla".
Takarai Kikaku (1661-1707) fue discípulo y editor de Basho pero sus relaciones con el maestro fueron de mal en peor y acabaron en nada. Su nombre no aparece en Oku no hosomichi, esas Sendas de Oku en cuyas páginas Basho recuerda a otros compañeros, como si se despidiera de ellos. Tal vez es que eran personalidades muy distintas. A Kikaku le gustaban los juegos de palabras y los placeres mundanos.
Vástago de una acaudalada familia de guerreros aristócratas, a los quince años Satô Norikiyo se incorporó a la guardia del Emperador Toba, en cuya corte destacó por sus habilidades en el juego de pelota, la música y desde luego la poesía, que le dio fama y posteridad con el nombre de Saigyô (1118-1190), bajo el cual tomó la senda de Buda para trazar el camino en que lo emularía cinco siglos después Matsuo Basho. Son particularmente apreciados sus poemas sobre los cerezos, en particular los que escribió en su retiro de las montañas de Yoshino. Uno de los más famosos, porque lo recoge la pieza de nô Saigyô y los cerezos (西行桜, Saigyô zakura) y tal vez porque expresa un sentimiento que el alma gregaria japonesa difícilmente confiesa, es también uno de los que prefiero:
花見にとむれつゝ人の來るのみぞあたら櫻の咎には有りける
hanami ni to muretsutsu hito no kuru nomi zo atara sakura no toga ni wa arikeru
A ver las flores
vienen una tras otra
las muchedumbres:
¡ay, los cerezos tienen
esta única falta!
Hay que decir que, aunque las muchedumbres siguen llegando al pueblo de Yoshino, son pocos los los que se acercan hasta la cabaña de Saigyô. La fotografía que ilustra esta página es del 8 de abril pasado, como el resto de la serie que el curioso puede ver con sólo pulsarla.
No sé quiénes son los autores de este cartel de los almacenes Seibu, que reproduzco aquí para decir que viéndolo se me ocurrió el título del libro que las Ediciones Hiperión ya han impreso, aunque no pondrán a la venta hasta septiembre, Luna en la hierba. La ocurrencia era tal vez un recuerdo inconsciente, porque esas palabras las usa Neruda en uno de los Cien sonetos de amor, a los que no soy particularmente afecto y que hace muchos años no releo, pero también era una cita impertinente, porque la imagen del título quiere referir a otro poema: el de Fujiwara no Teika que está en la página 87 del libro y cuyo comentario fue el primero que escribí:
A la deriva
de la voz de los grillos,
vi en el rocío
de una brizna de hierba
alojada la luna.
Neruda, que no pudo conocer ese poema, habla de una "gota de luna en la hierba", lo que parece más cerca de Teika pero tiene menos gracia y se refiere, en realidad, a otra cosa.