Sin tiempo para escribir aquí estos días, me limito a traer tres imágenes recientes, de cuyas circunstancias espero poder más detallada cuenta en las próximas semanas. No me disgustan.
1) El 4 de noviembre pasé junto a esta sombrilla maltrecha plantada en el jardín de un restaurante en
Matsue, contiguo a la casa que habitó
Lafcadio Hearn durante seis meses, recién llegado a Japón. Única de sus residencias que se conserva, se ha vuelto lugar de peregrinaje y atracción principal de la pequeña ciudad.
2) El 11 de noviembre, como había leído unas páginas de Italo Calvino sobre su jardín de arena, fui a visitar el
Jisho-ji, donde no había estado hace cinco años. El
Pabellón de Plata estaba en reparación y cubierto de andamios y vastas telas, pero había estas hojas.
3) El 25 de noviembre llegué hasta el
Sekizan–zen in, un templo en las faldas del monte y a la entrada del bosque en el norte de Kioto que muestra con elocuencia la confusión en que vivieron durante siglos los dos cultos del país. Quizá son símbolos el arce y el cerezo que allí, entrelazados, dan a un tiempo hojas rojas y pétalos rosados, aquí sobre dos hojas de papel.