sábado 3 de marzo de 2012

Japón: los niños del tsunami



La BBC transmitió el 1° de marzo pasado este documental en que los niños hablan de su experiencia del tsunami del 11 de marzo de 2011.

lunes 13 de febrero de 2012

Ooka: ¿Qué es la poesía?


La primera parte del libro de Makoto Ooka ¿Qué es la poesía? (詩とはなにか, 1985) es una secuencia del mismo título formada por veinticuatro poemas, muy breves con excepción de los siete últimos. Hace quince años traduje siete de los primeros, que publicaron un par de revistas mexicanas. Anoche retoqué esa versión y añadí seis. Los trece representan, en términos de extensión, la tercera parte del total.



     1
Viene incesantemente
de frente y va a golpearme
pero yo siempre
puedo dejar que pase


     2
Juego de niños
no es
          y sin embargo
un poeta es un niño


     3
Es el proceso mismo
de fatal extinción de todos
los escenarios psicológicos


     4
No estudia el sentido del tiempo
     ni ve el color del cielo,
          siempre recién nacida
rana que salta
     en el espacio–tiempo
          del viejo estanque

     5
Una enérgica mordedura
no de mandíbula         ni dientes
sino de la amargura
de un un tornillo transparente


     6
Ojos en que lo mínimo
tiene grandes reflejos

y labios que murmuran
las grandes cosas


     7
Mientras el ebrio pueblo duerme

un catcher
el único despierto
se frota la piel
golpeada y ardida

de madrugada


     8
Pulo una brizna de hierba
pálida luz en mi palma
todavía en tinieblas

     
En un rumor de hojas
                                      conteniendo el aliento
con la goma tenaz
                 de la voluntad

vinieron
                 a borrarme
mis hermanos

Y eso fue todo
cómo decirlo
                        Qué radiante la vida


     10
Hay un gatito
encima de ese plato
Desnudos los seres vivos
son qué peludos


     11
Inolvidable
     no es ningún poema
          —¡pero qué ideas!

Viajé al confín
     del universo y no
          recuerdo uno solo

¡Menudo idiota!


     12
Para adiestrar una palabra
hay que exaltarla

pero aún exaltada hasta los cielos
una palabra canta pocas veces

ten la palabra bien pegada al pecho
y ve soltándola con calma

hasta que suelte dos suspiros
y unas largas vocales


     13
El beso demorado
del cuerpo del torrente
que da la amante           urna


sábado 11 de febrero de 2012

Flor que espera la noche



Es improbable que alguien pase un tiempo en Japón, aunque solo sea virtualmente, sin toparse con las encantadoras estampas de Yumeji Takehisa (1884-1934), un artista autodidacto popularísimo en vida y de cuyas imágenes se encuentran reproducciones a cada paso. Hay en la esbelta levedad de sus mujeres —las de sus cuadros y grabados lo mismo que las de sus ilustraciones para libros y tarjetas postales— un aire de alegre modernidad inaugural, la primera voluntariosa modernidad consciente de una joven potencia milenaria, que hace en kimono vida de café y sueña en camas altas con Europa, como hay, en sus diseños abstractos o florales de telas y papeles una feliz conjunción de motivos tradicionales y ritmos europeos finiseculares y de vanguardia. En años recientes Yumeji ha despertado el interés de algunos estudiosos y coleccionistas occidentales y sin duda pronto, como suele ocurrir, empezará a ser revaluado en Japón. Estas notas de Sabine Schenk y Matthew Larking pueden dar una idea más amplia.

Pero antes que las artes plásticas, la vocación de Yumeji fue la poesía. Y al menos uno de sus poemas alcanzó, en la versión reducida musicalizada por Tadazuke Ono en 1917, la inmensa y perdurable popularidad de sus imágenes. En Youtube pueden encontrarse muchas interpretaciones y arreglos de ayer y hoy de Yoimachigusa, con y sin voz y para diversos ritmos o instrumentos, por nacionales y ultramarinos. Por ejemplo esta para violín con Ikuko Kawai:



El poema evoca un amor efímero del verano de 1913 que terminó súbitamente cuando la muchacha dejó al poeta (en el segundo de sus tres matrimonios y en no sé cuál de sus constantes amoríos) para casarse con otro. Son tres versos de dos hemistiquios de 7 y 5 moras (el metro de toda la poesía japonesa tradicional, en una secuencia más larga que un tanka o haiku) que no es difícil reproducir literalmente en sílabas españolas:

宵待草
待てど暮らせど 来ぬ人を
宵待草の やるせなさ
今宵は月も 出ぬさうな


Onagra vespertina

De esperar y esperar al que no viene
La onagra vespertina no halla consuelo
Y esta noche la luna tampoco sale

Sin embargo, se pierde toda la gracia que está en el título: “yoimachigusa” es “onagra” en español pero el sentido inmediato para un japonés es el de “hierba que espera la anoche”. Sí: la onagra (Oenathera biennis) es una flor que se abre al atardecer. Para lograr un juego parecido habría que elegir otra flor. Por ejemplo, la siempreviva:

Siempreviva

De esperar y esperar
      al que no viene,
se aja la siempreviva
      y desfallece.
Y esta noche sin luna
      aquí me tiene.

Las rimas, por supuesto, no están en el original. Tampoco la puntuación. Ni, ya lo dije, la siempreviva. Pero así son las versiones de poesía. Y de la vida misma: véase la película Yumeji (夢二, 1991) de Seijun Suzuki (鈴木清順, 1923—).





jueves 5 de enero de 2012

Un almanaque oracular


Hace tres años, Shuntarô Tanikawa publicó Shimekuri (詩めくり) una colección de 365 breves poemas, uno por cada día del año. El título es un neologismo acuñado sobre himekuri (日めくり): calendario de taco, ese que se cuelga de la pared y en el que a cada día corresponde una hoja desprendible. Escribir un poema diario parece perfectamente natural en un poeta como que escribe como quien silba por la calle, pero el libro es menos una dietario o una bitácora que un almanaque oracular para los lectores. El poema inicial, que puede dar muy bien idea del aire críptico y el tono epigramático del conjunto, tan distinto de otros de Tanikawa, es el siguiente:
一月一日

くわしい地図書いてください
その家へは行ったことがないのだから
あ ちょっと待って
靴が脱げてしまった
と 若き日のニーチェは言った 
谷川俊太郎


PRIMERO DE ENERO 
Por favor traza un mapa detallado
Porque no he ido nunca a esa casa
Ah pero     espera un poco
Se me soltaron los zapatos
Dijo Nietzsche cuando era joven
                             (Versión de A. A.)

No es difícil desentrañar las alusiones.

sábado 24 de septiembre de 2011

El paraíso previsto

Por entretener la urgencia tomo el libro en la cima de la pila, lo abro al azar y leo: “Cierto eremita cuyo nombre no recuerdo dijo que ningún lazo lo ataba a esta vida y lo único que lamentaría dejar era el cielo”. Un pasaje de Tsurezuregusa, las notas sueltas (o meditaciones ociosas, para frasear la traducción canónica de Donald Keene) de Kenko Yoshida (1283-1350), que me recuerda, no sé cómo antes no, la estampa de Augusto Monterroso:
EL PARAÍSO IMPERFECTO —Es cierto —dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno—; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

lunes 14 de febrero de 2011

Un apartado solitario altivo

VISIÓN DESDE UNA BARCA
(Poema escrito en el exilio)

Hay en toda la playa un solo pino
rodeado por peñascos sucesivos.
Un solitario altivo que resguarda
su espíritu en la orilla inaccesible.
Sus ramas envejecen siempre cortas,
sus flores son agujas muy delgadas.
Llegan súbitas nubes despiadadas,
cubren de leve nieve sus ramajes.
Si el mar embravecido lo amenaza,
están a salvo y firmes sus raíces.
Ban y Shi, los sagrados carpinteros,
hallarían nudosa su madera.
En la isla, al sureste, árboles rojos;
en las cumbres noroeste sauces de oro.
Sacan de allí los ricos buen provecho,
funcionarios voraces y sin freno.
A tajos de navajas, golpes de hachas,
son primavera y no ven el invierno.
Hay que temer el lujo y la elegancia.
Playa desierta quiero mi morada.


887

Sugawara no Michizane (845–903)
(Kanshi: poema escrito en chino. Versión del inglés de Aurelio Asiain
Wiki

martes 8 de febrero de 2011

Un cuento de Osamu Dazai: Esperando

(Traducción y nota de Pablo Figueroa)

Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé.

Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraídamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que está frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraídamente. ¿Qué sucedería si alguien sonriese y me hablase? ¡Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua fría en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continúo esperando a alguien todos los días. ¿A quién podría ser que estuviera esperando? ¿A qué tipo de persona? Pero quizás lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como “¿qué tal, cómo está?”, o “¡cómo refrescó!”, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona más falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez más repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y así pasa la vida.

A mí no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo más cómodo ha sido para mí estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra[1], y el ambiente se puso tan tenso, que empecé a sentirme culpable de quedarme en casa todo el día sin hacer nada. Me sentía angustiada y no podía relajarme en absoluto. Quería hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. Perdí toda fe en la vida que había llevado hasta ese momento.

No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningún lugar adonde ir. Así que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraídamente en la fría banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ¿qué haría? La idea me da pánico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcará mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasías impudentes se entretejen de una forma muy extraña. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeña y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revés. La sensación es vaga, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. ¡Ay! ¿Qué cosa estoy esperando? Acaso yo no sea más que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser útil, quizás sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasías indiscretas. Me siento aquí con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.

¿Pero, a quién diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continúo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquí todos los días a la vuelta de las compras y me siento en esta fría banca a esperar. ¿Y si alguien me sonriera y me hablara? ¡Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, ¿a quién? ¿Qué espero? ¿Un marido? No. ¿Un novio? No, para nada. ¿Un amigo? De ningún modo. ¿Dinero? Es ridículo. ¿Un fantasma? ¡Ay no, por favor!

Algo más apacible y alegre, algo maravilloso. No sé qué. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a través de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteañera que viene todos los días a la estación y regresa a su casa sintiéndose vacía. Por favor recuérdeme, y no se ría de mí. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verá algún día.



[1] Se refiere a la Segunda Guerra Mundial (N.T.)


En 1948, cuando Osamu Dazai se encontraba en la cúspide de su carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida. Para ello la pareja eligió un pintoresco canal del río Tama en el apacible suburbio de Mitaka en Tokio. En esa época del año las frecuentes y turbulentas lluvias del monzón hacían que los niveles de agua en los canales subieran considerablemente. Los cuerpos fueron encontrados en un recodo del rio unos días más tarde, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años.

La idea de quitarse vida no era en absoluto nueva para el escritor: lo había intentado sin éxito en variadas ocasiones. Profundos traumas personales, una fuerte dependencia del alcohol, y desórdenes psíquicos que fueron empeorando a lo largo del tiempo, hicieron que el deseo de muerte ocupara un lugar preponderante en los pensamientos de Dazai. Esta obsesión con el suicidio se fusiona en su ficción literaria con un agudo e irónico sentido de crítica a la sociedad, otorgándole un carácter inseparable de lo autobiográfico.

Nacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

Su paso inconcluso por la academia estuvo permeado del tumultuoso estado de cosas de la época y de sí mismo. Dazai se sintió fuertemente atraído por los ideales del marxismo y por el incipiente Partido Comunista de Japón, y a menudo manifestó su sentido de culpa por “haber nacido en la clase social equivocada”. Durante esta etapa temprana escribió una cantidad de cuentos cortos, y la experiencia adquirida a través del paradigma comunista se haría patente a lo largo de su carrera.

Un posterior período de relativa calma llegaría cuando Dazai contrajo matrimonio con Machiko Ishihara en 1939. Fue durante estos años que escribió dos novelas enormemente exitosas tituladas El Ocaso (Shayo, 1947) e Indigno de ser humano (Ningen Shikkaku, 1948). Ambas obras expresan el profundo pesimismo del autor y su visión decadente del ser humano; las hondas heridas de una sociedad golpeada por la posguerra dejaban al desnudo la crisis de identidad y de valores de una cultura que parecía condenada inexorablemente a la autodestrucción.

Si bien Montse Watkins ha traducido al español las novelas arriba mencionadas, no disponemos aún de versiones en nuestra lengua del resto de los trabajos llevados a cabo por Osamu Dazai. Esta nueva traducción de un cuento corto titulado Esperando (Matsu, 1954) es apenas una colaboración a una tarea todavía por emprenderse.

lunes 20 de diciembre de 2010

Esto es un anuncio nada más

Cuando publiqué en la última entrada de este blog, del que me distrajeron hace nueve meses otros asuntos, una edición electrónica de mis traducciones de Ikkyu, el extravagante monje zen de tan diversa fama (sobre el que pueden leerse aquí esta nota y esta otra), varios lectores me preguntaron si habría una edición en papel. Otro, en Monterrey, fue más allá: la propuso a la editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León, que aceptó la idea, la materializó y la puso a circular en la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde una amiga —a la que están dedicadas esas traducciones— adquirió el ejemplar del que me envió estas fotografías. Aún no recibo los míos, pero me dicen los dos que quedaron muy bien, y yo les creo, y me alegro. Los lectores japoneses de esta entrada advertirán que el título japonés de la portada no corresponde al español, pero entenderán que el primero figura allí para la mayoría de los lectores como elemento decorativo (y encontrarán la traducción del título japonés en el prólogo).



Lo cual me da pie y ánimo para volver a este margen, espero que con la frecuencia de antes.

miércoles 3 de marzo de 2010

Ikkyu Sojun (1394-1481)

viernes 1 de enero de 2010

¡Feliz 2010! Happy New Year: 2010! 明けましておめでとうございます!!