En el antiguo calendario lunar que gobierna el ritmo ritual de la vida japonesa la primavera comienza esta semana, y el cambio de estación (setsubun, 節分) se celebra con un festival que marca también, más íntimamente que el reloj administrativo, el comienzo del año. La otra primavera, la del calendario gregoriano, se saluda con menos solemnidad pero igual entusiasmo a fines de marzo. Llueve entonces en Japón, y florecen los cerezos. Pero el que recibe al visitante a la entrada del Myorenji, que visitamos el 31 de enero, ya ahora ha empezado a abrirse. No es extraño: ese árbol da flores desde octubre. No es el único motivo por el que vale la pena visitar el Myorenji, un templo de la escuela Honmon-Hokke fundado en el siglo XIV por Nichizo (1269–1342), discípulo de Nichiren, pero que no llegó a su sitio actual sino en 1587. En el interior se mueve el Jardín de los Dieciséis Arhats (Juroku rakan no niwa, 十六羅漢の庭), diseñado por el mismo monje que trazó los jardines de la Villa Katsura, y las pinturas de Hasegawa Tôhaku (1539–1610), como las escenas de las cuatro estaciones que ilustran las puertas corredizas, debidas a Kono Bairei (1914—) son sencillamente prodigiosas.
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