jueves, 10 de enero de 2008
Altas olas, las nubes, una barca
ame no umi ni kumo no namitachi tsuki no fune hoshi no hayashi ni kogikakuru miyu
El mar del cielo:
altas olas, las nubes;
barca, la luna
por el bosque de estrellas
bogando hasta perderse.
柿本人麻呂歌集
Kakinomoto no Hitomaro Kashu
Miyuki Ito compuso recientemente dos piezas a partir de este poema, uno de los más conocidos del Man’yoshu: "Into de Forest of Stars I", música electrónica sobre una partitura para saxofón y barítono; "Into de Forest of Stars II", para soprano solo.
martes, 8 de enero de 2008
Equívocos rumores de la seda
Me dice Motoko que esta serie de fotografías le despertó recuerdos de infancia, cuando jugaba con esas cartas siguiendo la voz lectora de su abuela, y que al ver esta se sintió transportada a la era Heian. Ese es el efecto que pretende la vistosa indumentaria, que copia o imita diseños de aquella corte imperial, con la que es común asociar los poemas del Hyakunin isshu. Pero es bien sabido que los naipes no se introdujeron en Japón sino en la época de Edo y por mano portuguesa, como testimonia la palabra karuta. Y aunque es cierto que juegos similares, en los que se empleaban no hojas de cartón sino conchas marinas, punteaban el ritmo ritual de ese mundo apartado, absorbiendo a los contemporáneos de Murasaki Shikibu y a sus personajes en pasatiempos que suponían la memorización de poemas, no debe olvidarse que la antología de Teika cubre un periodo más vasto y representa el juicio posterior de lo que, acudiendo a términos de otra tradición, podríamos llamar el neoclasicismo barroco de Kamakura. O sea que la ceremonia es una superchería o, si se prefiere, la escenificación no de una realidad histórica sino de un ideal: la de un mundo entregado, entre rumores de seda y risas discretas, a la práctica ritual de la poesía. Lo cual, por supuesto, no le quita encanto a la representación, que nos remite a lo que Lezama Lima llamó las eras imaginarias, y David Huerta los Egiptos. De eso se trata.
lunes, 7 de enero de 2008
Es una de las cartas que se juegan
秋風に たなびく雲の たえまより もれ出づる月の かげのさやけさ
左京大夫顕輔
akikaze ni tanabiku kumo no taema yori more izuru tsuki no kage no sayakesa
Nubes viajeras
por el viento de otoño
de pronto abiertas.
Claridad de la luna
a través de una grieta.
Fujiwara no Akisuke (Sakyo no Daibu Akisuke, 1090-1155)
domingo, 6 de enero de 2008
Fluye el río en la prosa y en los versos
La lista de Translations of Classical Japanese Works publicada por la Universidad de Meiji Gakuin registra diecisiete traducciones del Hôjôki (siete al inglés, tres al alemán, dos al francés, una al español, checo, esperanto y japonés moderno) y olvida por lo menos dos. A lo largo de los años he leído seis versiones inglesas y dos francesas de esa crónica de calamidades redactada por Kamo no Chômei en 1212, aparte de la recreación en verso de Basil Bunting (y su traducción por Aurelio Major). Con todas ellas y el casi mudo original delante, inicié a fines de 1997 una versión española que decidí felizmente abandonar cuando apareció la de Jesús Carlos Álvarez Crespo en la editorial Hiperión. Entre mis borradores había uno que intentaba los alejandrinos:
Fluye incesante el río, nunca es la misma el agua,
la espuma en el remanso se disuelve y se forma
cada instante. Y así los hombres y sus casas.
Lo cual traduce con bastante fidelidad el primer apartado del libro pero, aunque sigue casi linealmente sus palabras, les da una forma del todo ajena al original. Al anotar esas líneas espontáneas, me vinieron a la mente las iniciales de East Coker: "In my beginning is my end. In succession/ Houses rise and fall..." Y se me hizo de inmediato evidente que el traductor idóneo del clásico japonés a nuestra lengua sería José Emilio Pacheco, autor de una versión maestra de los Four Quartets y cuya propia poesía es tan afín a la del Hôjôki, una meditación sobre el carácter efímero de los hombres y sus obras que influyó en Matsuo Bashô, al que ha traducido Pacheco.
La prosa del eremita es una crónica en la que los acontecimientos fundamentales son el incendio de 1177, poco después de la muerte de su padre; el vendaval de 1180; el traslado de la capital a Fukuhara, el mismo año; la hambruna de los dos años siguientes; el gran terremoto de 1185. El título no alude a esos eventos; Hôjôki quiere decir "Relato desde una choza", y la meditación de Kamo no Choomei tiene el espacio de nueve metros cuadrados de esa choza como último centro. Casi al final del libro leemos:
No apegarse a las cosas, fue la lección de Buda.
Pero adoro esta choza. Es pecado. Deseo
paz y serenidad: esa es mi atadura.
¿Qué nos lleva en esa prosa a los versos? Según Bunting, Chômei "se propuso un poema más o menos elegiaco pero no tuvo el tiempo ni quizá, a sus años, la energía para inventar lo que en Japón hubiera sido una forma completamente nueva, ni para condensar adecuadamente su material"... como haría por suerte Bunting pasado el tiempo, para mayor gloria de Occidente. Pedanterías aparte, es significativo que, como señala Donald Keene, el Hôjôki no mencione la lucha devastadora entre los clanes Taira y Minamoto, el gran hecho político de su época. Antes que las catástrofes históricas de que da cuenta el relato, importa la experiencia personal del autor: su experiencia del tiempo, que es hondamente rítmica. Los párrafos del Hôjôki giran como estrofas y la visión de la vanidad del mundo vuelve como un ritornelo entre las catástrofes.
Algunos especialistas arguyen, para escándalo de los más tradicionales, que el apego de Chômei a las enseñanzas de Buda es poco o es irónico, y discuten si ello es signo de mayor o menor pesimismo. Con excepción de Bunting, que leyó el texto en italiano, todos coinciden en que se trata de una pieza maestra de la prosa japonesa. Me atrevo a suponer que el valor principal de esa prosa está justamente en unas propiedades rítmicas que la lengua original puede lograr en prosa pero que en los versos imaginados por Bunting hubiera resultado cacofónico. Nuestras lenguas reservan esas magias para el verso.
El traductor de la versión más reciente del Hôjôki a nuestra lengua es un hispanista japonés, graduado de la Universidad de Estudios Extranjeros de Osaka, y diplomático de carrera: Masateru Ito, que fue embajador en Venezuela y a quien se debe la versión japonesa de las Cartas de Relación de Hernán Cortés. Su notable versión, “interpretando la intención esencialmente poética del autor”, fluye en verso libre:
La corriente del río
jamás se detiene,
el agua fluye
y nunca permanece
la misma.
Las burbujas que flotan
en el remanso
son ilusorias:
se desvanecen, se rehacen
y no duran largo rato.
Así son los hombres
y sus moradas
en este mundo.
sábado, 5 de enero de 2008
Sabemos de memoria estos poemas
Hace poco más de cinco años empecé a trabajar en una traducción de Hyakunin Isshu, la antología que preparó en del siglo XIII el poeta y crítico Fujiwara no Teika, sin duda el hombre de letras más influyente en la historia de la literatura japonesa (a él se deben en parte la posteridad, este año milenaria, del Genji monogatari y la definición de conceptos como wabi y sabi, hoy en boga occidental). Abandoné la empresa cuando supe que otra traducción española (no la primera) estaba comprometida en la misma editorial a la que pensaba proponer la mía. Pero así me sumergí en la poesía clásica de Japón. Nunca había visto, sin embargo, el juego que popularizó esa antología. Porque, aunque es probable que Teika la haya integrado para decorar las puertas corredizas de su villa en Ogura, los Cien poemas de cien poetas, que todos los japoneses conocen al menos en parte y muchos de memoria, deben su popularidad sobre todo a las uta karuta (cartas de poemas) con que se juega tradicionalmente en Año Nuevo. Dos jugadores, sentados uno frente al otro y divididos por un centenar de cartas dispuestas en el suelo, atienden al lector que va recitando los primeros tres versos de cada uno de los poemas cuya segunda mitad está escrita en las cartas, y se apresuran a capturar las correspondientes. Gana naturalmente quien completa el mayor número de poemas. Pero quién sea el ganador no parece tener mayor importancia para la ceremonia, según me pareció cuando por fin pude verla, el tres de enero pasado, en el santuario de Yasaka en Kioto, entre una multitud en la que muchos, cerrando los ojos al esplendor de los trajes de la época Heian que vestían los contendientes (mujeres en un grupo, niños y niñas en el otro), ponían a prueba su memoria y musitaban los versos que iba leyendo la maestra de ceremonias. Algunas de las fotografías que tomé ese día pueden verse aquí.
viernes, 4 de enero de 2008
Una luz como un aire nevado
Elsie Stevens le contó a Harold Bloom que todos los días, al volver a casa tras la larga jornada en Hartford Accident and Indemnity, la compañía de seguros de la que era vicepresidente, su padre se dirigía al estudio y, antes del par de martinis y las páginas de poesía francesa, se aplicaba en la composición de “a Japanese flower arrangement” (Bloom dixit). Este poema se refiere a uno de esos arreglos. Pero al releerlo, hace poco, lo que me vino a la mente de inmediato no fueron imágenes de ikebana (no soy devoto del ikebana) sino de los hermosos arreglos que prepara y luego fotografía espléndidamente mi amiga Anna, que es italiana y nunca ha estado en Japón (aunque su nombre en Flickr juega con el japonés: hanna.bi, que cabría traducir como “flor.de fuego”). Fue, sin duda, sobre todo esa frase que se encabalga del segundo al tercer verso: “The light in the room more like a snowy air”, lo que provocó la desviación, pues describe perfectamente los tonos emocionales de sus fotografías.
Es notable que, para titular la más reciente de sus fotos (la he puesto en esta página, aunque no regale claveles sino tulipanes), Anna haya citado parcialmente el verso final de la segunda estrofa: “white and snowy scents”. En la poesía clásica japonesa, del Man’yoshu (siglo VIII) al Shinkokinshû (s. XIII), la palabra nioi (aroma, fragancia) no se refiere habitualmente a percepciones olfativas sino visuales o aun sonoras. Por ejemplo, en Fujiwara no Teika:
白雲の春はかさねて立田山小倉の峰に花にほふらし
shirakumo no haru wa kasanete tatsutayama ogura no mine ni hana niourashi
La primavera
cubre el monte Tatsuta
de nubes blancas:
en la cumbre de Ogura
flor fragante se mira.
(Me ocupo de estos versos en Luna en la hierba.) Bloom, que se ha pasado la vida comentando el poema de Stevens, no repara en ello. Tampoco en que el verso “The imperfect is our paradise” corresponde a la noción de wabi, central en la cerámica japonesa, en el arreglo floral y en otras cosas que vendrían a cuento.
Supongo que habrá otras traducciones españolas del poema, pero como no las tengo a mano aventuro la mía. Al curioso que quiera leer el original inglés le bastará poner el título, “The Poems of Our Climate”, en Google.
LOS POEMAS DE NUESTRO CLIMA
I
Agua límpida en un tazón brillante,
claveles rosas, blancos. En el cuarto
una luz que es más bien aire nevado,
con reflejos de nieve. Nieve recién caída
al final del invierno, cuando vuelven las tardes.
Claveles rosas, blancos — desearíamos
más, mucho más que eso. Aun el día
se ha simplificado: un tazón blanco
de fría porcelana, frío, bajo, redondo,
con nada más que esos claveles.
II
Y aun si esta cabal simplicidad
nos liberó de todo tormento, ocultó
el yo malvadamente compuesto, el yo vital,
y lo hizo fresco en un mundo de blanco,
un mundo de agua clara con brillantes orillas,
más que eso quisiéramos, más necesitaríamos,
más que un mundo de blancas y nevadas fragancias.
III
Aún persistiría la mente sin sosiego,
de modo que quisiéramos escapar, y volver
a lo que ha estado compuesto hace ya tanto.
Lo imperfecto es nuestro paraíso.
Adviértase: el deleite, en la amargura,
cuando es tan intenso lo imperfecto en nosotros,
son palabras erradas y sonidos porfiados.
jueves, 3 de enero de 2008
Versión como siempre infiel del Man'yoshu
詠み人知らず
¿Para la esposa
de otro, estas palabras
que me desatan
la cinta del vestido?
¿De otro, estas palabras?
El comentario de un lector desorientado me lleva a advertir —pero quizá sea innecesario— que quien habla en el poema es la esposa misma y que el otro al que alude es sucesivamente su esposo y su pretendiente.
miércoles, 2 de enero de 2008
Como pasan las páginas, los años
En Tokio recibíamos el Año Nuevo entre la multitud que se acerca al santuario de Meiji, y alguna vez entre la que convoca el templo de Asakusa, antes de ofrecer respetos a los kami del barrio de Hakusan en que vivíamos. En Kansai, para evitar el gentío de Yasaka y otros sitios, fuimos hace un año al templo de Manpukuji, en Uji. El curioso edificio, como las prácticas ascéticas de la secta y sus ritos esotéricos, paga tributo a sus orígenes en la China de la dinastía Ming.
El fundador, Ingen Ryuki (隠元隆洟 Yinyuan Longqi), nació en 1592 en la provincia china de Fuchien. Se inició en la práctica del zen a los veintitrés años; a los veintinueve entró al monasterio de Huangbo Wanfu si (黄檗萬福寺 Monte Huang-po, Obaku en japonés); a los cuarenta y siete alcanzó la iluminación. Entró en Japón en 1654, por la puerta de Nagasaki. Fue cabeza de varios monasterios antes de fundar, con patrocinio imperial, el Manpukuji (万福寺). Murió en 1673.
En la imagen de esta página, uno de los monjes pasa en cascada las páginas de un sutra mientras canta. Así lo hicieron él y sus compañeros con cuarenta volúmenes contenidos en cuatro cajas, durante una hora, al son incantatorio de la melopea ritual. Después, uno de ellos fue golpeando en los hombros, con un volumen considerablemente más grueso que los que se ven en la foto, a quienes hicimos fila.
Unas cuantas fotos más, aquí.
martes, 1 de enero de 2008
Todos vamos pasando de este lado
La Monse tomó la foto, en el bar de la Mori Tower, cuando vinieron Jorge y Verónica, y el otro día le añadió el mensaje. El original está aquí. El pie es mío, pero no vi cuando le disparó.
lunes, 31 de diciembre de 2007
Como cruzan los jóvenes el bosque
En Japón, a Borges le pareció admirable que la gente entrara a los templos riendo y bromeando; que la experiencia de lo sagrado no estuviera reñida con el buen humor. Lo hemos visto no sé cuántas veces. Tras el momento de recogimiento ritual, que suele durar pocos segundos, la gente vuelve naturalmente “a engolfarse en la vida” (Gabriel Zaid).
Tres jóvenes cruzan el Bosque de la Verdad (Tadasu no mori), en el norte de Kioto, después de participar en una de las ceremonias solemnes que rigen el transcurso del Aoi Matsuri, un festival que se celebra desde de la época Heian. Al fondo se ve una de las puertas del Santuario de Shimogamo, que precede a la ciudad, pues data del siglo VI. Se dirigen al Santuario de Kamigamo, estación final de las festividades. Viéndolos, alegres y ligeros por la senda de siglos, no recordé las palabras de Borges, sino el poema de Ungaretti:
Senza più peso
Per un Iddio che rida come un bimbo,
Tanti gridi di passeri,
Tante danze nei rami,
Un'anima si fa senza più peso,
I prati hanno una tale tenerezza,
Tale pudore negli occhi rivive,
Le mani come foglie
S'incantano nell'aria...
Chi teme più, chi giudica?
En la traducción de Tomás Segovia:
Sin más peso
Por un dios que se ría como un niño
tanto grito de pájaro,
tanta danza en las ramas,
un alma queda sin más peso,
los prados tienen una tal ternura,
un tal pudor en los ojos revive,
las manos como hojas
se encantan en el aire…
¿Quién teme ya, quién juzga?
Así, como cruzan los jóvenes el bosque, con un dios que se ríe como un niño —y que más parece una deidad del shinto que otra cosa—, salimos de este año fabuloso. Que haya sido tan bueno para ustedes.