martes, 19 de agosto de 2008

Esto es el Tokyo Boogie-Woogie

Esto es lo que decíamos ayer: Tokyo Boogie-Woogie (東京ブギウギ) de Ryoichi Hattori, por Shitsuko Kasagi (笠置シヅ子). Tokyo, 1947.

Qué nostalgia silbando entre las ruinas

Hay una palabra japonesa de uso frecuente, natsukashi (懐かし), que los diccionarios bilingües y quienes hablan japonés suelen definir en primer lugar como “nostálgico”. Pero son dos sentimientos claramente distintos. La nostalgia es siempre personal e implica el recuerdo de aquello que la provoca. Sólo se puede tener nostalgia de lo vivido. En cambio natsukashi es una cualidad de los objetos, una especie de pátina que los vuelve entrañables de un modo peculiar, como símbolos de un pasado desvanecido, no personal sino colectivo. Así, un joven que pasea por las calles de Tokio en la inmediata posguerra, en una canción famosa, puede hablar de lo natsukashi que son, en los barrios de Kanda y Nipponbashi, los vestigios de Edo, una época que naturalmente ni él ni quienes lo escuchan pudieron haber vivido. Así yo, que en español no podría tener nostalgia del virreinato, en japonés puedo sentir natsukashi una canción que habla del Tokio de 1948: una ciudad destruida en un país vencido y sumido en la depresión económica pero —lo señalan sin falta los visitantes— sin sombra de rencor y empeñada en ser rápidamente moderna.
           “Bajo los techos de Tokio” (東京の屋根の下, Tôkyô no yane no shita) fue una de las canciones más populares de Ryoichi Hattori (1907–1993), compositor venerado por los músicos de jazz japoneses, introductor del blues en su país, creador del Tokyo boogie–woogie, autor de miles de piezas y uno de los hombres más importantes en la evolución de la música popular japonesa del siglo XX. Hay muchas versiones de la canción, pero su intérprete por excelencia es Katsuhiko Haida (1911–1982), que no dejó de cantarla desde que la estrenó en 1948. La grabación que he encontrado en Youtube es del año de su muerte, y el escenario no corresponde en nada al ambiente de la canción, que ya entonces habrá sido natsukashi. Me consuela pensar que a algunos lectores les parecerá de una época remotísima. La traducción es desde luego lineal.



東 京 の 屋 根 の 下
Bajo los techos de Tokio

作詩 佐伯孝夫   作曲 服部良一
Letra: Takao Saeki      
Música: Ryoichi Hattori
昭和23年
1943

      東京の屋根の下に住む
Viviendo bajo los techos de Tokio
  若い僕等は しあわせもの
los jóvenes somos felices.
  日比谷は 恋のプロムナード
Hibiya es el Paseo del Amor,
  上野は 花のアベック 
Ueno es la cita entre cerezos.
  なんにも なくてもよい
No hay nada pero no nos falta nada:
  口笛吹いて ゆこうよ
vayamos pues silbando alegremente.
  希望の街 憧れの都
Calles de esperanza, ciudad de anhelos,
  二人の夢の 東京
sueño de las parejas, Tokio.

東京の屋根の下に住む
Viviendo bajo los techos de Tokio
  若い僕等は しあわせもの
los jóvenes somos felices.
  銀座は 宵のセレナーデ
Ginza, al anchecer, es serenata;
  新宿は 夜のタンゴ
Shinjuku, el tango de las noches.
  なんにも なくてもよい
No hay nada pero no nos falta nada
  青い月夜の 光に
A la luz de la noche azul de luna,
  ギターをひき 甘い恋の唄
dulce canción de amor con la guitarra
  二人の夢の 東京
sueño de las parejas, Tokio.

東京の屋根の下に住む
Viviendo bajo los techos de Tokio
  若い僕等は しあわせもの
los jóvenes somos felices.
  浅草 夢のパラダイス
Asakusa, paraíso del sueño,
  映画に レビューに ブギウギ
boogie-woogie en el cine y la comedia.
  なつかし 江戸のなごり
Qué nostalgia las huellas de Edo.
  神田 日本橋 キャピタル東京
Kanda, Nipponbashi, Tokio capital,
  世界の憧れ
admiración del mundo.
  楽しい夢の 東京
Tokio, qué sueño encantador.

domingo, 17 de agosto de 2008

Cinco veces, uno de cinco caracteres


Now the TV has been saying..., originally uploaded by ionushi.

La secuencia de caracteres 大文字 pueden leerse al menos de dos maneras: como oomoji (おおもじ), que quiere decir "letra mayúscula o versal", y como daimonji (だいもんじ), que habría que leer más bien como "gran carácter" y es, con mayúscula al transcribirlo, el nombre de uno de los cinco montes de Kioto en que, para señalar el momento en que los espíritus de los muertos vuelven al otro mundo después de visitar la casa familiar, se trazan con hogueras alineadas grandes signos de fuego. El ritual se conoce popularmente así, como Daimonji, aunque Gozan no Okuribi (五山送り火), "Fuego enviado de las Cinco Montañas", es nombre menos impreciso, pues en dos de los casos no se trazan caracteres, sino dibujos de un barco y un torii, evidentemente relacionados con la idea de tránsito. El Barco de los Espíritus navega hacia la Tierra Pura del budismo y el torii es la frontera entre el espacio sagrado y el profano. El fuego se enciende durante media hora: cuando se apagan las antorchas, los espíritus están ya del otro lado.
           La secuencia que pulsando aquí se ve es el resultado de procesar las fotos que malamente pude capturar, alzándome de puntas, desde la terraza del taller de cerámica al que va la Monse, a la orilla del Kamogawa, y que no resultó muy buen observatorio. El asado estuvo muy bueno, eso sí, la concurrencia era interesantísima y la conversación fue memorable. (Hace mucho que no me ocurría estar en situación de advertir "esto, así, tal cual, es un cuento de Somerset Maugham". Pero no los distraigo.)

viernes, 15 de agosto de 2008

Todo es echarse al agua y navegar


A set on Mifune Matsuri 02, originally uploaded by ionushi.

Por una curiosa coincidencia, ayer salieron a la circulación dos revistas en línea que reproducen fotografías mías. La italiana Photo Couture trae en la última página una imagen a la que hace no mucho me referí aquí (y que abajo aparece en pequeño: es vínculo a la grande). Nihonzaru ("el mono japonés") se suma, con ágil colectiva ligereza, a la inagotable lista de bitácoras en inglés que se esfuerzan por traducir e interpretar este país a los lectores occidentales —casi siempre con fascinada admiración, a veces con repulsa no menos fascinada. La foto que los editores han aprovechado para uno de sus encabezados permanentes (pero que cambian aleatoriamente cada vez que se accede a la página) es la que ilustra esta entrada. La tomé el año pasado cuando empezaba el Mifune Matsuri (Festival de las Tres Barcas) que se celebra el tercer domingo de mayo cada año en el río Oi, al pie del Arashiyama (el Monte de la Tormenta de tantos poemas japoneses) y frente a la desembocadura en que la corriente entra en el Katsura. Es una fiesta muy colorida, en la que boteros y pasajeros de las doce embarcaciones participantes van vestidos a la usanza de la corte imperial de la era Heian, y acompañados de músicos, actores, artistas de todo género y religiosos que, al mismo tiempo que escenifican los rituales del pasado, tocan y bailan y recitan realmente, como realmente celebran los oficios religiosos. Encabeza la flota la Barca Imperial, en la que se representan obras de teatro Nô y se realizan lecturas de poesía china y japonesa. La sigue la Barca del Dragón, en la que los músicos tocan piezas de gagaku, la música de la corte. En la Barca del Fénix, un grupo de miko (las doncellas de los santuarios shinto) lleva ofrendas religiosas tradicionales. Otros artistas y figurantes van en las barcas restantes, en las que se bebe y se come mientras tanto. Y en la ribera, si se llega a buena hora, es posible rentar una lancha de remos. Fue lo que hice, para tomar la serie de fotos que pueden ver aquí.


Name all the colors you see (Estas fotos son enlaces.)

jueves, 14 de agosto de 2008

Mujer mirando al mar, con parasol


The wind, the sea, the waves, originally uploaded by ionushi.

Ayer, siguiendo el margen del Yodo —que es ancho y tiene campos de golf y parques de diversiones y lugares para acampar, y un camino para ciclistas que por desgracia no corre a todo lo largo, aunque casi— hicimos ida y vuelta el trayecto en bicicleta desde Hirakata hasta Maishima, una isla artificial añadida al puerto de Ósaka en 1994 y dedicada a las actividades deportivas, con estadios y gimnasios y canchas para esto y lo otro. No que pensáramos llegar hasta allá, sino apenas a la desembocadura del río y la visión del mar, pero siempre quiere uno ir un poco más lejos, ver qué hay a la vuelta de la esquina o al otro lado del puente. Y lo que había era eso que ven en la foto. Casi nadie, además, porque en estos días en que se recibe a los muertos en casa, o se va a encontrarlos al pueblo, los lugares de esparcimiento están más bien vacíos. Tal vez por eso mismo esa mujer habrá ido hasta allá a ver las olas y las nubes. No le habrá costado tanto llegar como a nosotros, bajo el sol de la tarde y con el viento en contra, y no sabrá que luego vino hasta aquí entre la brisa y las sombras que se fueron poblando de grillos y libélulas y ranas y bichos de toda especie, para que pudieran verla.

domingo, 10 de agosto de 2008

Por los alrededores, un domingo


, originally uploaded by ionushi.

Hemos ido muchas veces al Gran Santuario de Inari, y alguna vez quisimos recorrer hasta el fin la senda sagrada, sólo para descubrir que es interminable. Otra vez, ante una de las bifurcaciones, nos sorprendió el eco de una música ritual, esa música para entretener a los dioses del shinto, y por ir donde nos llamaban los tambores y címbalos dejamos el camino. Las más de las veces no hemos hecho sino recorrer unos pocos metros, hasta el punto en que el amigo al que acompañamos siente satisfecha la curiosidad o perdido el ánimo.
           Lo que no habíamos hecho es visitar los templos cercanos, que las guías olvidan. A siete u ocho minutos de camino está el Sekiho-ji (石峰時), un templo de la escuela de Obaku) que encabeza el cercano Manpukuji, en Uji. No es muy antiguo: data de 1762, y el edificio mismo no tiene mayor interés, más allá de la evidente influencia china de la entrada. Pero en el monte al que el templo da acceso se congrega, a la sombra de los bambúes y entre la hojarasca, una asamblea de iluminados. Atentos al rumor del musgo, meditando el zumbar de los insectos, están ahí recordando a Buda y representando escenas de su vida desde que así los formó y dispuso Ito Jakuchû, ese excéntrico al que hoy muchos tienen por el mayor pintor de la época de Edo, y que ahí vivió los últimos años de su vida. Son 500, y algunos pueden verse aquí.
           Muy cerca está el Zuiko-ji, de la secta Nichiren. En días señalados pueden verse los tesoros del reservorio y aquel en que dimos inesperadamente con el templo no era uno de esos, pero estoy seguro de que ninguno será tan espléndido como la sorpresa de descubrir que el fundador es uno de mis poetas favoritos: el monje Gensei, del que aquí pueden leerse algunos poemas. Los traduje del inglés, porque están escritos en chino, como mucha de la poesía de los monjes budistas japoneses. Pongo aquí uno más, esta vez traducido del japonés:

           旅の空何かわびしき世を捨てて出にし身には古里もなし
           De viaje, el cielo
           ¿por qué parece triste?
           Yo, que ahora salgo,
           le di la espalda al mundo:
           ningún pueblo es mi pueblo.


           A pocos metros del Zuiko-ji nos encontramos con esto.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Ligereza danzante y teología


Don't say flowers faded in vain, originally uploaded by ionushi.

En su resumen de "Tres momentos de la literatura japonesa", Octavio Paz anotó que en los libros de Murasaki Shikibu y Sei Shônagon los cortesanos de la era Heian se movían por la vida con una “ligereza danzante”. Si su conocimiento del país hubiera ido más allá de lo que le reveló la experiencia literaria, habría tal vez desarrollado la observación. El antropólogo (y explorador, fotógrafo, poeta) Fosco Maraini, que durante más de cuarenta años se ocupó de Japón con pasión minuciosa y lucidez informada, lo describió como un país danzante. Las deidades de la religión nativa danzan y aman la danza. En el mito más difundido, la diosa Amaterasu (“la que ilumina el Cielo”), empujada por la furia y la desolación a encerrarse en una cueva, sumiendo así al mundo en tinieblas, sólo vuelve a salir cuando es imantada por la animación de los otros dioses, en los que el baile de la diosa Ame no Uzume frente a su cueva ha desatado la alegría. La diosa danzante es por eso la deidad del alba y de la fiesta, y en los ritos del shinto la danza ocupa un papel central. El historiador de las religiones Mircea Eliade anotó en una página de su Diario:

“Y como [Karl] Lowith añadió que ninguno de los filósofos japoneses con los que hablé me habían dicho nada inteligente sobre el shinto, le recordé la respuesta de Hirai. Hirai, un sacerdote del shinto que estudió Historia de las Religiones en Chicago con Joaquim Wach, nos acompañaba al famoso templo de Ise. Uno de nosotros, un filósofo norteamericano, le dijo: “Miro los templos, asisto a las ceremonias y danzas, admiro los vestidos y la cortesía de los sacerdotes, pero no veo cuál es la teología implícita en el shinto”. Hirai se quedó pensando un instante. “Nosotros no tenemos teología. Nosotros danzamos”. (Corrijo la traducción de Joaquín Garrigós: Kairós, Barcelona, 2001, pp. 172–177.)
Los religiosos danzan. Los fieles, en las días señalados, danzan. Las geishas, de muchas maneras, danzan. La ceremonia del té, dice Maraini, es una lenta danza de las manos; los trazos de la caligrafía, la sombra de una danza velocísima. No es difícil imaginar que el ceramista, durante los meses en que no hace sino modelar cientos de veces la misma ínfima taza para que el maestro la deshaga al pasar, sueña con las llamas danzantes del horno que le darán sentido a su trabajo.
Sacerdotes, geishas, maestros de te, calígrafos, artesanos. Las disciplinas danzan y la danza, entre los japoneses, es una disciplina. Qué sensación extraña, la de entrar en un salón de salsa y advertir cómo la concurrencia no hace sino repetir —casi siempre con precisión pero sin gracia— lo aprendido allí mismo, esa tarde, con el diplomático antillano que así completa sus ingresos. Se baila por el gusto de bailar pero bailar no es desfogarse y desatarse, ni es, tampoco, avanzar burlas veras del cortejo amoroso — no, aquí se baila para los dioses o para la suprema divinidad de la Forma. La kata. Bailar es aquí, como tantas cosas, humilde ejercicio de perfección y el calígrafo, como el pintor y el bailarín, no hace, durante años, sino repetir una forma que al final le dará el premio de la gracia. La gracia: no el éxtasis desgarrado, no la catarsis aullante, sino la dulce sonrisa de la plenitud. Esa con que me mira esta mujer, que sin duda ha sido siempre muy hermosa pero nunca así.
La vi en el Daigo-ji, durante el sakura-matsuri.

martes, 5 de agosto de 2008

Así suena la voz de Tanikawa





D E S P U É S  D E L  A M O R

Después del amor
bajar
los ojos.
Después del amor
oír
el mar nocturno.

Después del amor
olvidar
el nombre
del amor.
Después del amor
calladamente
sueltas
las manos.

Después del amor
el sueño...
de alma y alma.


(Lo que está en el archivo sonoro es la voz de Tanikawa leyendo este poema, que naturalmente hay que seguir en japonés de derecha izquierda y de arriba abajo. Confieso que no estoy muy seguro del último verso...)

lunes, 4 de agosto de 2008

Todos los joyo kanji en diez minutos

Muchos piensan que aprender japonés es difícil. Es cierto, si uno no es japonés. Más aun —porque aquí hay que incluir a la mayoría de los japoneses— piensan que la dificultad mayor está en los kanji —esos caracteres de origen chino con que se escribe el japonés—. Se equivocan dos veces. La primera, porque para aprender una lengua no hace falta aprender a escribirla; la segunda, porque aprender los kanji no es difícil: es laborioso, que es distinto. Pero tampoco hace falta invertir doce años en ello, como los nativos: sin ser un genio como Arthur Waley, que en seis meses ya traducía a los clásicos, se puede llegar a conocerlos bien en poco tiempo. El primer requisito es interesarse. No hace falta vivir en Japón —y hay quienes pasan años en el país sin aprender los más elementales, por falta de interés (y de sentido común).
            Cualquiera con cierta sensibilidad visual —aunque no sepa una palabra de japonés ni le interese aprenderlo— encontrará fascinante este video. Desde luego no basta con verlo para aprender los 1945 joyo kanji, pero es cierto que la primera condición es acostumbrarse a verlos. Y tampoco está mal como experiencia mística.

domingo, 3 de agosto de 2008

Véanlo por lo pronto como está

La revista mexicana de libros Hoja por hoja me pidió que comentara la creciente popularidad de la literatura japonesa en el mundo de habla española, a propósito de la publicación de tres libros: las Historias de la palma de la mano, Kioto y Primera nieve del monte Fuji, de Yasunari Kawabata, y La madre del Capitán Shigemoto, de Junichirô Tanizaki. Respondí que esa popularidad me parecía más bien ilusoria, que los autores sobre los que me pedían que escribiera —dos clásicos del siglo XX y dos pasiones personales— no representan la literatura estrictamente contemporánea de Japón y que había cosas más actuales, de las que una revista de actualidad como Hoja por hoja debía ocuparse, pero acepté el encargo. Inútilmente, porque no recibí a tiempo los ejemplares de los libros que debía comentar y con el tiempo encima los editores me pidieron que de cualquier modo escribiera un artículo a partir de lo que les había dicho, ajustándome a 9000 caracteres. Lo que resultó fue esto, que ya enmendaremos.