domingo, 16 de marzo de 2008

Interminablemente el infinito


Every gate open to a gate, originally uploaded by ionushi.

Nada más importante, aquí, que guardar las formas y marcar los límites. De ahí que haya una y otra vez que presentarse, declarar la identidad, pronunciar y escuchar discursos, dar y recibir tarjetas. De ahí, también, que saludemos la primavera y la aparición de los cerezos, las primeras cigarras del verano, los grillos y la luna del otoño, los vientos del otoño que anuncian el invierno. De ahí que vayamos de templo en templo, de santuario en santuario, presentando nuestros respetos, tocando la campana, encomendándonos a todos los dioses. Nos asomamos una y otra vez a lo desconocido, las puertas se suceden una a otra. Pero no entramos: cada puerta da a otra puerta, no pasamos del umbral.  Como en Fushimi Inari, donde diez mil y tantos torî (ese arco que señala en los santuarios del shinto el límite entre el espacio profano y el sagrado) se suceden por una senda vertiginosa que sube y baja por el monte a espaldas del santuario, a veces bifurcándose para volver a encontrarse, todo el tiempo perdiéndonos. Entramos interminablemente y no acabamos de entrar. ¿Por qué, si nos extenúa, quisiéramos que continuara siempre?

6 comentarios:

pensamientos dijo...

Me parece una fotografia fantastica. Muuy buen trabajo!

T. dijo...

Ahora que hablas de presentar nuestros respetos a los dioses tocando la campana en los templos, no puedo dejar de decirte que yo siempre he visto esos campanazos como una forma de despertar a los dioses de su letargo, exigiendo con el golpe de metal su absoluta atención y confiando en el cumplimiento irrestricto de todos nuestros deseos.

Saludos desde Tokyo de una -hasta ahora- silenciosa lectora de tu blog.

Aurelio Asiain dijo...

¿Y te cumplen?

T. dijo...

Hasta ahora ni una sola vez...

Aurelio Asiain dijo...

Por algo será.

Miguelángel Díaz Monges dijo...

Sin desdeñar la magnífica foto, el texto es hermoso.