jueves, 5 de enero de 2012

Un almanaque oracular


Hace tres años, Shuntarô Tanikawa publicó Shimekuri (詩めくり) una colección de 365 breves poemas, uno por cada día del año. El título es un neologismo acuñado sobre himekuri (日めくり): calendario de taco, ese que se cuelga de la pared y en el que a cada día corresponde una hoja desprendible. Escribir un poema diario parece perfectamente natural en un poeta como que escribe como quien silba por la calle, pero el libro es menos una dietario o una bitácora que un almanaque oracular para los lectores. El poema inicial, que puede dar muy bien idea del aire críptico y el tono epigramático del conjunto, tan distinto de otros de Tanikawa, es el siguiente:
一月一日

くわしい地図書いてください
その家へは行ったことがないのだから
あ ちょっと待って
靴が脱げてしまった
と 若き日のニーチェは言った 
谷川俊太郎


PRIMERO DE ENERO 
Por favor traza un mapa detallado
Porque no he ido nunca a esa casa
Ah pero     espera un poco
Se me soltaron los zapatos
Dijo Nietzsche cuando era joven
                             (Versión de A. A.)

No es difícil desentrañar las alusiones.

sábado, 24 de septiembre de 2011

El paraíso previsto

Por entretener la urgencia tomo el libro en la cima de la pila, lo abro al azar y leo: “Cierto eremita cuyo nombre no recuerdo dijo que ningún lazo lo ataba a esta vida y lo único que lamentaría dejar era el cielo”. Un pasaje de Tsurezuregusa, las notas sueltas (o meditaciones ociosas, para frasear la traducción canónica de Donald Keene) de Kenko Yoshida (1283-1350), que me recuerda, no sé cómo antes no, la estampa de Augusto Monterroso:
EL PARAÍSO IMPERFECTO —Es cierto —dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno—; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

lunes, 14 de febrero de 2011

Un apartado solitario altivo

VISIÓN DESDE UNA BARCA
(Poema escrito en el exilio)

Hay en toda la playa un solo pino
rodeado por peñascos sucesivos.
Un solitario altivo que resguarda
su espíritu en la orilla inaccesible.
Sus ramas envejecen siempre cortas,
sus flores son agujas muy delgadas.
Llegan súbitas nubes despiadadas,
cubren de leve nieve sus ramajes.
Si el mar embravecido lo amenaza,
están a salvo y firmes sus raíces.
Ban y Shi, los sagrados carpinteros,
hallarían nudosa su madera.
En la isla, al sureste, árboles rojos;
en las cumbres noroeste sauces de oro.
Sacan de allí los ricos buen provecho,
funcionarios voraces y sin freno.
A tajos de navajas, golpes de hachas,
son primavera y no ven el invierno.
Hay que temer el lujo y la elegancia.
Playa desierta quiero mi morada.


887

Sugawara no Michizane (845–903)
(Kanshi: poema escrito en chino. Versión del inglés de Aurelio Asiain
Wiki

martes, 8 de febrero de 2011

Un cuento de Osamu Dazai: Esperando

(Traducción y nota de Pablo Figueroa)

Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé.

Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraídamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que está frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraídamente. ¿Qué sucedería si alguien sonriese y me hablase? ¡Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua fría en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continúo esperando a alguien todos los días. ¿A quién podría ser que estuviera esperando? ¿A qué tipo de persona? Pero quizás lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como “¿qué tal, cómo está?”, o “¡cómo refrescó!”, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona más falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez más repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y así pasa la vida.

A mí no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo más cómodo ha sido para mí estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra[1], y el ambiente se puso tan tenso, que empecé a sentirme culpable de quedarme en casa todo el día sin hacer nada. Me sentía angustiada y no podía relajarme en absoluto. Quería hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. Perdí toda fe en la vida que había llevado hasta ese momento.

No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningún lugar adonde ir. Así que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraídamente en la fría banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ¿qué haría? La idea me da pánico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcará mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasías impudentes se entretejen de una forma muy extraña. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeña y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revés. La sensación es vaga, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. ¡Ay! ¿Qué cosa estoy esperando? Acaso yo no sea más que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser útil, quizás sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasías indiscretas. Me siento aquí con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.

¿Pero, a quién diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continúo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquí todos los días a la vuelta de las compras y me siento en esta fría banca a esperar. ¿Y si alguien me sonriera y me hablara? ¡Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, ¿a quién? ¿Qué espero? ¿Un marido? No. ¿Un novio? No, para nada. ¿Un amigo? De ningún modo. ¿Dinero? Es ridículo. ¿Un fantasma? ¡Ay no, por favor!

Algo más apacible y alegre, algo maravilloso. No sé qué. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a través de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteañera que viene todos los días a la estación y regresa a su casa sintiéndose vacía. Por favor recuérdeme, y no se ría de mí. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verá algún día.



[1] Se refiere a la Segunda Guerra Mundial (N.T.)


En 1948, cuando Osamu Dazai se encontraba en la cúspide de su carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida. Para ello la pareja eligió un pintoresco canal del río Tama en el apacible suburbio de Mitaka en Tokio. En esa época del año las frecuentes y turbulentas lluvias del monzón hacían que los niveles de agua en los canales subieran considerablemente. Los cuerpos fueron encontrados en un recodo del rio unos días más tarde, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años.

La idea de quitarse vida no era en absoluto nueva para el escritor: lo había intentado sin éxito en variadas ocasiones. Profundos traumas personales, una fuerte dependencia del alcohol, y desórdenes psíquicos que fueron empeorando a lo largo del tiempo, hicieron que el deseo de muerte ocupara un lugar preponderante en los pensamientos de Dazai. Esta obsesión con el suicidio se fusiona en su ficción literaria con un agudo e irónico sentido de crítica a la sociedad, otorgándole un carácter inseparable de lo autobiográfico.

Nacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

Su paso inconcluso por la academia estuvo permeado del tumultuoso estado de cosas de la época y de sí mismo. Dazai se sintió fuertemente atraído por los ideales del marxismo y por el incipiente Partido Comunista de Japón, y a menudo manifestó su sentido de culpa por “haber nacido en la clase social equivocada”. Durante esta etapa temprana escribió una cantidad de cuentos cortos, y la experiencia adquirida a través del paradigma comunista se haría patente a lo largo de su carrera.

Un posterior período de relativa calma llegaría cuando Dazai contrajo matrimonio con Machiko Ishihara en 1939. Fue durante estos años que escribió dos novelas enormemente exitosas tituladas El Ocaso (Shayo, 1947) e Indigno de ser humano (Ningen Shikkaku, 1948). Ambas obras expresan el profundo pesimismo del autor y su visión decadente del ser humano; las hondas heridas de una sociedad golpeada por la posguerra dejaban al desnudo la crisis de identidad y de valores de una cultura que parecía condenada inexorablemente a la autodestrucción.

Si bien Montse Watkins ha traducido al español las novelas arriba mencionadas, no disponemos aún de versiones en nuestra lengua del resto de los trabajos llevados a cabo por Osamu Dazai. Esta nueva traducción de un cuento corto titulado Esperando (Matsu, 1954) es apenas una colaboración a una tarea todavía por emprenderse.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Esto es un anuncio nada más

Cuando publiqué en la última entrada de este blog, del que me distrajeron hace nueve meses otros asuntos, una edición electrónica de mis traducciones de Ikkyu, el extravagante monje zen de tan diversa fama (sobre el que pueden leerse aquí esta nota y esta otra), varios lectores me preguntaron si habría una edición en papel. Otro, en Monterrey, fue más allá: la propuso a la editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León, que aceptó la idea, la materializó y la puso a circular en la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde una amiga —a la que están dedicadas esas traducciones— adquirió el ejemplar del que me envió estas fotografías. Aún no recibo los míos, pero me dicen los dos que quedaron muy bien, y yo les creo, y me alegro. Los lectores japoneses de esta entrada advertirán que el título japonés de la portada no corresponde al español, pero entenderán que el primero figura allí para la mayoría de los lectores como elemento decorativo (y encontrarán la traducción del título japonés en el prólogo).



Lo cual me da pie y ánimo para volver a este margen, espero que con la frecuencia de antes.

miércoles, 3 de marzo de 2010

viernes, 1 de enero de 2010

¡Feliz 2010! Happy New Year: 2010! 明けましておめでとうございます!!

sábado, 26 de diciembre de 2009

Allá pudieran ser las Analectas

Proverbios 15:17 Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, Que de buey engordado donde hay odio. (Versión de Reina–Valera).

El restaurante está frente a la Universidad de Kioto pero aun así no serán muchos los que reconozcan la alusión del título, en caracteres latinos. ¿Qué pensaría quien, andando por Copilco, pasara frente a la "Fonda Analectas 10: 8"?

Dos sílabas no quiebran una rama



Mi comentario sobre cierto ladrón por el camino del crepúsculo tuvo dos ecos en el blog de Guillermo Sheridan: un comentario sobre el haiku en jaque y una convocatoria al Primer Concurso Internacional de Haiku “El Minutario” que estipula en la tercera de sus bases: “El haiku deberá contar con tres versos (aproximadamente) que tengan 5, 7 y 5 sílabas (aproximadamente).” Como sospecho que los participantes y algunos lectores pensaron que el adverbio dos veces entre paréntesis era una broma del Dr. Anselmo Guiú y Hosomichi, Presidente del Comité Organizador y reconocida autoridad en la materia, no está de más recordar otro poema célebre de Bashô, sobre el que siguiendo este enlace puede leer el curioso un largo comentario y treinta y dos traducciones al inglés:

枯れ枝にからすの止まりけり秋の暮れ
kare eda ni karasu no tomarikeri aki no kure

Se ha posado
sobre la rama seca un cuervo.
Otoño, tarde.

Hay también muchas traducciones al español. La mía no tiene más mérito que reproducir la métrica del original: 5–9–5. Los haikus que no se ajustan al canon métrico no son infrecuentes. Nadie, en cambio, llamaría haiku a unos versos en los que faltara la referencia a la estación del año, como ocurre en muchos de los que respondieron a la convocatoria, y de los que se escriben en español todos los días.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Naturaleza de la tecnología

Reproduzco aquí la nota que apareció ayer en México en la versión impresa de Tomo: arte, arquitectura y diseño.

Erigir la nave central del Todaiji en Nara requirió casi diez años, la colaboración de 2,600,000 personas y 439 kilos de oro para recubrir la estatua del Gran Buda. Pero el costo y la proeza tecnológica son menos asombrosos que las consecuencias remotas de la noticia divulgada en el año 752 por las delegaciones enviadas a la ceremonia de consagración, el mayor ritual religioso que se haya celebrado en Japón.
Un siglo más tarde, el geógrafo árabe Ibn Jurdadbih anotó que en la isla las cadenas de los perros y los collares de los monos eran de oro. La especie le había llegado de China, donde mucho después a Marco Polo le hablarían de “un grandísimo palacio todo cubierto de placas de oro, de más de dos dedos de espesor y en el que todas las habitaciones y salones estaban también cubiertos de oro fino”. Esa imagen encendió la imaginación europea e impulsó las naves que dieron con América. Pero en Japón no había casi oro, ni mucho de lo que imaginaron durante siglos historiadores y poetas. O lo había de otro modo, como ahora, cuando la comunicación, que atenúa las diferencias, multiplica a la vez imágenes tan irreales como las de los poetas simbolistas y modernistas, aun si en lugar de pinceles las producen cámaras.
Durante años nos dijeron los pies de foto de la prensa occidental que los japoneses usan tapabocas para defenderse de la contaminación ambiental, cuando en realidad lo hacen para protegerse de la gripe y del polen de los cipreses, al que muchos son alérgicos, y no estornudarle en la cara al vecino. La epidemía ha vuelto comprensibles esas imágenes pero no otros malentendidos. Como quienes ven en todo japonés a un iluminado del zen —una práctica en realidad minoritaria— y quienes creen que todos son autómatas de traje negro, se engañan los que imaginan un país deshumanizado por la obsesión tecnológica.
La gente vive pendiente del teléfono celular, pero deducir que lo hacen para aislarse del mundo es apresurado. Los instrumentos que cualquiera lleva en el bolsillo (computadoras minúsculas en las que el teléfono es lo de menos pues sirven de reloj, cronómetro, calendario, calculadora, brújula, agenda, tarjeta de crédito, procesador de texto, cámara de foto y video, navegador del internet, grabadora, consola de juegos, entre otras muchas cosas) son barreras sólo en la medida en que son puentes.
La mediación tecnológica se asume en la cultura japonesa con una naturalidad que nos escandaliza. En la Historia de Genji el protagonista, para seducir a una mujer, hace desarreglar el jardín de manera que parezca silvestre y lo llena de insectos cuya música ha de mezclarse con la de las cuerdas. No es muy distinto de lo que hacen ahora Seiko Minami y Sota Ichikawa al crear campos de gravedad virtuales en los que el desplazamiento de los espectadores por la sala modula el sonido, las luces y el espacio mismo, transfigurando los acontecimientos aleatorios en un orden armonioso.
Desde esa época se ha guiado el crecimiento de los árboles y se han cortado los montes para conformar el paisaje. En el siglo XVII, cuando se crearon las primeras islas artificiales en Tokio, también se construyeron los primeros autómatas. A diferencia de los europeos, no tenían propósitos industriales sino estéticos: tiraban al arco, auxiliaban en la ceremonia del té y eran vistos no con temor sino con una simpatía similar a la de los niños que en el Museo de la Ciencia Futura, en Tokio, observan a los robots de hoy.
Los artistas gráficos que florecen en esa época requieren también de una elaborada mediación tecnológica. El pintor europeo aplica el pincel sobre la tela pero entre los dibujos de Hokusai y lo que ve el espectador hay una serie de planchas y de artesanos. Esa distancia hace pensar que, más que de los pintores, aquellos artistas estaban cerca de los fotógrafos, y permite entender la fortuna inmediata de la fotografía en Japón.
Los instrumentos actuales son mucho más elaborados, pero son también puentes hacia la naturaleza. Hitoshi Nomura traduce, con matemáticas estrictas, el tránsito de la luna o el vuelo de una parvada de grullas en una partitura y revela que la música de las estrellas de Pitágoras es más que una metáfora. Ryuichi Sakamoto, que compone con ruidos ambientales, muy bien podría haber estado en el jardín del Príncipe Genji.
Los pasajeros de los trenes que leen en sus teléfonos correspondencia, directorios, diccionarios, manga, poesía, cuentos, novelas que muchos de ellos a la vez escriben, se sentirían también a sus anchas en esa época, cuando los amores se tejían y destejían por escrito, con la mediación tecnológica del pincel y la tinta. Más de un crítico japonés ha señalado ya la profunda similitud entre las novelas escritas y leídas en los celulares (de la más popular circularon 25,000,000 ejemplares virtuales, 2,000,000 en papel y una versión fílmica que atrajo a 3,500 000 espectadores) y el Libro de la almohada, una de las obras mayores de la literatura universal, escrita en el siglo XI. Los medios son distintos, la literatura y el arte no son menos vivos. Están en nuestra naturaleza.