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lunes, 24 de septiembre de 2007

Iba de negro bajo la nevada

Thomas, viendo esta foto, recordó un haiku de Kikaku:

     我がものと思えば軽し傘の雪
     waga mono to omoeba karushi kasa no yuki

que podría traducirse así:

     Pienso que es mía
     y es más leve: la nieve
     de mi sombrilla.

Hay varias versiones. En una, en lugar de karushi (ligera) se lee yoroshi (buena); en otra, las dos sílabas de kasa se leen no como "sombrilla" sino como "sombrero de paja" —y esta debe ser la primera, si es cierto que el poema está inspirado en una estampa en que el poeta chino Su Tung Po aparece con el sombrero cargado de nieve. Pero el sentido es el mismo. En la época de Edo se decía que las cosas que uno deseaba eran "nieve en la sombrilla".
        Takarai Kikaku (1661-1707) fue discípulo y editor de Basho pero sus relaciones con el maestro fueron de mal en peor y acabaron en nada. Su nombre no aparece en Oku no hosomichi, esas Sendas de Oku en cuyas páginas Basho recuerda a otros compañeros, como si se despidiera de ellos. Tal vez es que eran personalidades muy distintas. A Kikaku le gustaban los juegos de palabras y los placeres mundanos.

sábado, 21 de julio de 2007

El avión de Aguilar

El poeta Jorge Carrera Andrade, diplomático de carrera, fue Cónsul General del Ecuador en Yokohama a fines de los treinta. Cuenta en un interesantísimo capítulo sobre sus Tres años en el Japón de su autobiografía El volcán y el colibrí (Editorial José M. Cajica Jr. S.A., México, 1970):

«La vida social en Tokio era intensa en esos días. No sólo nos invitaban las autoridades imperiales y los Cónsules latinoamericanos sino también los Embajadores de Francia, Estados Unidos, Brasil, Colombia, Chile, México. Este último, el general Aguilar, era una personalidad rebosante de ingenio, buen humor y simpatía. Todos sus actos llevaban la marca de la franqueza y la lealtad a sus ideas. “Yo fui uno de los Dorados de Pancho Villa” solía decir para manifestar que no se arredraba ante nada. Cuando circuló en Tokio la noticia de que Madrid estaba en vísperas de caer en manos de los rebeldes y de que corría peligro la República, el general mexicano fue en busca de su avión particular, en el aeródromo de la capital japonesa, y alzó vuelo anunciando que iba en socorro de los republicanos españoles. Pero el avión no respondió al entusiasmo de su piloto y no pudo elevarse lo suficiente, cayendo a pocos pasos de la pista. El general Aguilar sacó de la aventura la nariz rota y algunas contusiones, salvando su vida por milagro.»

El Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México y las Biografías de políticos mexicanos 1935-1985 de Roderic Ai Camp dicen que Francisco Javier Aguilar González era hidalguense (Ixmiquilpan, 1895; México, D. F., 1972) y en cambio el Diccionario biográfico revolucionario de Francisco Naranjo y el Diccionario biográfico de Nuevo León de Israel Cavazos lo dan por regiomontano y nacido en 1893. Ninguna de esas fuentes recuerda que haya formado filas entre los dorados de Villa, pero sí que era primo hermano de Francisco I. Madero. Llaman la atención el avión particular (¿desde cuándo lo tendría?; ¿dónde lo compró?; ¿lo llevó desde México?) y la independencia del tan arrojado cuanto precipitado propietario y piloto, que cumplió sin embargo muchos encargos diplomáticos luego del de China y Japón (donde no fue Embajador, sino Ministro), pues Francia, Portugal, Suecia, China, Brasil y Argentina lo recibieron como Embajador.

jueves, 19 de julio de 2007

Shakespeare, Shínjuku, Shibuya, Sharp, show, she...

Deliberadamente escribo psalmos. Los individuos de la Real Academia Española quieren imponer a este continente sus incapacidades fonéticas; nos aconsejan el empleo de formas rústicas: neuma, sicología, síquico. Últimamente se les ha ocurrido escribir vikingo por viking. Sospecho que muy pronto oiremos hablar de la obra de Kiplingo.
     Aunque Roberto Alifano recoge el célebre pasaje en El humor de Borges, y a muchos nos ha sacado carcajadas, no es sólo una broma. Las incapacidades fonéticas de los españoles (cada nación tiene las suyas) les impiden pronunciar Atlántico y Shibuya, les alcanzan para decir Alántico y Sibuya (o escribir imbécilmente Chibuya) y les hacen propalar desde el DRAE la especie de que en Japón o algún lugar aun más inverosímil del universo existen el sinto, el sogún y el camicace.
       Hace veinticinco años tuve la dicha inapreciable de asistir al momento en que un lingüista latinoamericano, en el curso de una conferencia en El Colegio de México, declaraba impertérrito que "la palabra clutch no se puede pronunciar en español". Era admirable la velocidad con que pasaba de un idioma a otro y de regreso. Por fortuna no todos tenemos que dar esos saltos mortales con la lengua de fuera. No sé si en castellano, pero en español (así se llama la lengua que hablamos la mayoría de los hispanoamericanos) podemos pronunciar tranquilamente Sharp y show y Shakespeare, y por lo tanto shogún y shinto y Shibuya y Shínjuku, como los nativos, y escribir en consecuencia.

martes, 10 de julio de 2007

El conejo vicario




Jorge Luis Borges estuvo por primera vez en Japón en noviembre de1979. En una entrevista con el profesor Akira Sugiyama declaró:

"Uno de mis recuerdos más antiguos es la lectura del libro de Mitford titulado Tales of Old Japan. El argumento lo he olvidado totalmente, pero recuerdo los dibujos, pues eran unos monstruos terroríficos muy grotescos. Uno de los dibujos era un conejo que le pegaba a un monstruo con un remo."

Como la transcripción de la entrevista en español se ha perdido, el original del que se tradujo para Borges en Japón. Japón en Borges, de Guillermo Gasió (Eudeba, Buenos Aires, 1988), es una versión japonesa de lo publicado en la revista ユリカ. Así se explica tal vez la referencia en singular al argumento de un volumen que es una recopilación. Pero la declaración es curiosa además porque del libro de Mitford resumió Borges el argumento de “The Forty-Seven Rônin”, que en la Historia universal de la infamia se resolvió memorablemente en “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké” y no es de creerse que Borges el memorioso lo haya olvidado. No menos curioso es que, entre tantas imágenes de hombres atravesados por lanzas, cadáveres sanguinolentos, criaturas deformes, haya recordado una en la que el monstruo es apenas un zorro. Me pregunto si Borges no trasladó el horror que le provocó la historia leída y olvidada (y ciertamente atroz) al dibujo que la ilustraba, claro en la memoria.
           El libro de Mitford (Algernon Bertram Freeman–Mitford, que para abreviar firmaba sus libros como Lord Redesdale, G.C.V.O., K.C.B., Formerly Second Secretary To The British Legation in Japan) es accesible en Project Gutenberg, en edición facsimilar con las ilustraciones de —dice Mitford— "one Odaké, an artist in my employ".