miércoles, 6 de agosto de 2008

Ligereza danzante y teología


Don't say flowers faded in vain, originally uploaded by ionushi.

En su resumen de "Tres momentos de la literatura japonesa", Octavio Paz anotó que en los libros de Murasaki Shikibu y Sei Shônagon los cortesanos de la era Heian se movían por la vida con una “ligereza danzante”. Si su conocimiento del país hubiera ido más allá de lo que le reveló la experiencia literaria, habría tal vez desarrollado la observación. El antropólogo (y explorador, fotógrafo, poeta) Fosco Maraini, que durante más de cuarenta años se ocupó de Japón con pasión minuciosa y lucidez informada, lo describió como un país danzante. Las deidades de la religión nativa danzan y aman la danza. En el mito más difundido, la diosa Amaterasu (“la que ilumina el Cielo”), empujada por la furia y la desolación a encerrarse en una cueva, sumiendo así al mundo en tinieblas, sólo vuelve a salir cuando es imantada por la animación de los otros dioses, en los que el baile de la diosa Ame no Uzume frente a su cueva ha desatado la alegría. La diosa danzante es por eso la deidad del alba y de la fiesta, y en los ritos del shinto la danza ocupa un papel central. El historiador de las religiones Mircea Eliade anotó en una página de su Diario:

“Y como [Karl] Lowith añadió que ninguno de los filósofos japoneses con los que hablé me habían dicho nada inteligente sobre el shinto, le recordé la respuesta de Hirai. Hirai, un sacerdote del shinto que estudió Historia de las Religiones en Chicago con Joaquim Wach, nos acompañaba al famoso templo de Ise. Uno de nosotros, un filósofo norteamericano, le dijo: “Miro los templos, asisto a las ceremonias y danzas, admiro los vestidos y la cortesía de los sacerdotes, pero no veo cuál es la teología implícita en el shinto”. Hirai se quedó pensando un instante. “Nosotros no tenemos teología. Nosotros danzamos”. (Corrijo la traducción de Joaquín Garrigós: Kairós, Barcelona, 2001, pp. 172–177.)
Los religiosos danzan. Los fieles, en las días señalados, danzan. Las geishas, de muchas maneras, danzan. La ceremonia del té, dice Maraini, es una lenta danza de las manos; los trazos de la caligrafía, la sombra de una danza velocísima. No es difícil imaginar que el ceramista, durante los meses en que no hace sino modelar cientos de veces la misma ínfima taza para que el maestro la deshaga al pasar, sueña con las llamas danzantes del horno que le darán sentido a su trabajo.
Sacerdotes, geishas, maestros de te, calígrafos, artesanos. Las disciplinas danzan y la danza, entre los japoneses, es una disciplina. Qué sensación extraña, la de entrar en un salón de salsa y advertir cómo la concurrencia no hace sino repetir —casi siempre con precisión pero sin gracia— lo aprendido allí mismo, esa tarde, con el diplomático antillano que así completa sus ingresos. Se baila por el gusto de bailar pero bailar no es desfogarse y desatarse, ni es, tampoco, avanzar burlas veras del cortejo amoroso — no, aquí se baila para los dioses o para la suprema divinidad de la Forma. La kata. Bailar es aquí, como tantas cosas, humilde ejercicio de perfección y el calígrafo, como el pintor y el bailarín, no hace, durante años, sino repetir una forma que al final le dará el premio de la gracia. La gracia: no el éxtasis desgarrado, no la catarsis aullante, sino la dulce sonrisa de la plenitud. Esa con que me mira esta mujer, que sin duda ha sido siempre muy hermosa pero nunca así.
La vi en el Daigo-ji, durante el sakura-matsuri.

1 comentario:

El Duilfo dijo...

Qué delicia de entrada. Me la llevo al facebook.