miércoles, 13 de febrero de 2008

El bato se da vuelo en sus ludeces

Que todo llega a su debido tiempo, es verdad como un templo: no iba a ser de otro modo, digo yo. Pero habría tenido más gracia encontrarme con Yusuke —creo que así se llama, lo anoté no sé dónde— un cinco de mayo, o dieciséis de septiembre en todo caso, y no el veintitrés de abril, parado muy orondo al lado de su impecable Chevrolet Impala 1963, que aquí pueden ver por fuera, y en el que le pedí que subiera para tomarle la foto con el fondo de esa bandera mexicana que le fascinó desde que estuvo en los Ángeles y que es prácticamente lo único que sabe o sabía de cierto sobre México, aparte de que estaba o está al otro lado de la frontera. Habría tenido más gracia entonces, y más sentido si hubiera ocurrido en otro sitio, tal vez en Yokohama, donde hay grupos de lowriders locales y donde en 2003 me tocó inaugurar (en representación del Embajador Carlos de Icaza, quien por cierto hace poco inició su blog) una exposición de arte chicano, con la colección de Kaoru Kato, o tal vez no, porque viéndolo bien no es poca cosa venir a encontrarme en Hirakata, a las puertas de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kansai y cuando no habíamos cumplido un mes de llegados, con semejante ejemplo de cómo, aunque las rutas aéreas pasen por Tijuana o Vancouver, las cosas mexicanas llegan cada vez más a Japón a través de los Estados Unidos, del mismo modo en que llegó o no, ya nunca lo sabremos, el poeta José Juan Tablada hace cien años, y así la cerveza Corona se toma con una rodajita de limón metida en el cuello, al modo californiano, y los burritos se venden como itarian buritos en los conbini. Para no hablar de asuntos de más monta.

2 comentarios:

Miguelángel Díaz Monges dijo...
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Miguelángel Díaz Monges dijo...

Qué párrafo tan bueno, verdaderamente, sobre todo por la puntuación que da en ese último punto que da tanta fuerza al breve enunciado final. Como siempre, un deleite leerte. Bueno, y el título que es magnífico.