miércoles, 23 de julio de 2008

Siempre regreso por primera vez

Cada vez que iba en peregrinación al templo de Hatsuse, el poeta Ki no Tsurayuki (紀貫之 872-945, editor principal y prologuista de la primera antología imperial, Kokin waka shû) se hospedaba en casa de un vecino del pueblo. Por esto y aquello espació sus visitas. Cuando volvió, después de varios años, el hombre lo recibió con una frase que el tono volvía ambigua: —Ya sabes que esta es tu casa.
           El poeta cortó entonces una rama del ciruelo que ahí estaba y compuso el poema que ya conocen:

人はいさ心も知らずふるさとは花ぞむかしの香に匂ひける 紀貫之
hito wa isa/ kokoro mo shirazu/ furusato wa/ hana zo mukashi no/ ka ni nioi keru


Es insondable
el corazón del hombre,
pero en mi pueblo
huelen igual que antes
las flores del ciruelo.


El Hasedera, en las montañas al este de Nara y en el camino que va de Kioto al Gran Santuario de Ise, aparece también en el Genji monogatari, donde se dice que era famoso aun en China por la potencia milagrosa de la Kannon de Once cabezas ahí venerada, y en otras obras literarias de la época Heian y posteriores. El templo es muy anterior: se fundó en 686. Pero la imagen que hoy atrae a los devotos, una estatua dorada de una belleza resplandeciente, es muy posterior: de 1538. Vale la pena subir los trescientos nueve peldaños que conducen al edificio principal del templo, encaramado en la montaña, para verla. Pero es aun mayor el premio de asomarse desde la alta veranda a ver el follaje cerrado que llena la cañada, y entre el cual asoman, aquí y allá, los techos de otros subtemplos, la torre de una pagoda, un pasaje de la escalera cubierta, la entrada principal del templo y, más allá, otras montañas, no tan lejanas para tornarse azules, no tan cerca que opriman el espíritu. Lo que se siente es lo contrario: una liberación, una dicha tranquila. La vi en el rostro de uno de los monjes que pasó a mi lado mientras descansaba frente a la mínima pagoda, un instante antes de quedarme dormido y soñar contigo.

2 comentarios:

Marta dijo...

Lo he visto. He olido esos ciruelos.
Un beso, M.

Rey Mono dijo...

Hola, Aurelio, con tu blog me acuerdo mucho de las sensaciones que me producen ciertos sueños de los que casi nunca me gusta despertar... Seguiré husmeando si me lo permites.
Saludos.